Jueves  28 de agosto de 2014.

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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Negritud en Guerrero, La

Antecedentes.

La aparición de negros de origen africano en el actual estado de Guerrero data de los primeros años de la colonización española en México; es decir, desde la tercera década del Siglo XVI. Curiosamente, el primer negro que llegó a territorio suriano, de nombre Juan Garrido, no pertenece a los contingentes introducidos por la trata negrera, que venían en calidad de esclavos. El tal Juan Garrido era una persona libre, sujeto de crédito, compraba esclavos y buscaba oro, al igual que cualquier encomendero español de su tiempo; llegó acompañando al capitán Carvajal y a otros tres españoles que vinieron a Zacatula (Costa Grande) por la ruta de Zirándaro.

Carlos Millares y J. I. Mantecón, en su Índice y extractos de los protocolos del Archivo de Notarías de México–Tenochtitlan nos informan sobre la diversidad de actividades del señor Garrido en diferentes lugares de la Nueva España desde 1528 hasta 1552; además de otras anotaciones relacionadas con su persona aparece allí, inclusive, la siguiente: “Don Francisco de Bahena, vecino de México–Tenochtitlan, y Juan Garrido, de color negro, manifiestan que el 23 de agosto de 1536 han tenido contrataciones entre sí sobre la razón de ciertos esclavos negros e indios, que vos, el dicho Francisco de Bahena, vendí, que solían ser de mi propiedad, al dicho Garrido”.

Sería hasta el año de 1527 cuando encontramos, en Zacatula, que Francisco Rodríguez poseía un esclavo negro de 16 años llamado Juan José, que compró en $100.00 oro a Andrés Barrios de Tenochtitlan, que estaba destinado al servicio doméstico y al comercio.

Hasta donde se sabe, desde el primer momento algunos conquistadores traían uno o más esclavos de color a su servicio, adquiridos originalmente en Europa a través de los tratas negreros portugueses y genoveses, entre otros.

La trata de esclavos negros en México (1528–1817).

En forma oficial y extraoficial, la introducción de negros al Nuevo Mundo se originó a partir de la creciente demanda de mano de obra que no alcanzaban a satisfacer los indígenas americanos. El monarca español y los conquistadores tenían por cierto que un negro podía hacer el trabajo de cuatro indios y que estaba hecho para vivir en climas tropicales. En el inicio, fueron los religiosos jerónimos, establecidos en Santo Domingo, quienes solicitan a la Corona española la importación de negros de Cabo Verde o Guinea, con el “humanista” objeto de liberar de la esclavitud a los nativos isleños; en México, hizo lo propio, antes de ordenarse, el licenciado Bartolomé de las Casas.

Los primeros grupos de negros forzados a venir a Nueva España para ser esclavos datan de 1528, cuyo tráfico continuó a lo largo de la época colonial. Entre los que reciben licencias para la trata se cuenta a Francisco de Montejo (1533), Rodrigo de Albornoz (1535) y Tomás de Martín y Leonardo Lomelín (1542). En 1540 Hernán Cortés era propietario de 60 negros en su ingenio de Cuernavaca, y más tarde llegó a tener 150. Diez años después, según Gonzalo Aguirre Beltrán, había en México 20 569 africanos y ya por entonces 2437 mulatos (producto de negro y español), o sea, el 0.6% de la población novohispana. Mientras tanto, Carlos V (hasta 1556) y Felipe II (a partir de ese año) siguieron otorgando permisos, entre otros a Hernando de Ochoa, Hernán Vázquez y al propio consulado de Sevilla.

Los puertos habilitados para ese tráfico infame fueron Veracruz, al principio, y más tarde Pánuco y Campeche. Pero como el valor de los esclavos aumentaba, empezaron a efectuarse las introducciones clandestinas hasta 1580, en que Felipe II fue también rey de Portugal y pudo controlar a los navegantes de esa nacionalidad que se habían apoderado de las costas de África. Sin embargo, cuando Portugal recobró su independencia en 1640, sus nacionales, junto con los genoveses, retomaron el comercio negrero con los colonos de América. Así, hacia 1646 había en el país 35 089 negros y 116 529 mulatos (el 2 y 6.8 por ciento del total de habitantes, respectivamente).

Con el tiempo, el número de individuos que comprendían estos dos grupos tendieron a variar aún más, en razón de la cantidad de descendientes surgidos de indios y negros, y de éstos y españoles, inclusive. De modo que en 1742 había en Nueva España 20 131 negros y 266 196 mulatos (0.8 y 10.8 por ciento de la población); en 1793, 6100 de los primeros y 369 790 de los segundos (0.1 y 9.6 por ciento) y en 1810, 10 000 y 624 461 (0.1 y 10.1 por ciento), respectivamente. La práctica de herrar en el rostro o en la espalda a los esclavos una vez que desembarcaban fue suspendida por orden del 14 de noviembre de 1785, que comenzó a observarse en julio del año siguiente. El tráfico terminó el 23 de septiembre de 1817 por acuerdo entre los reyes de España e Inglaterra, que por espacio de 30 años (1714–1744) había monopolizado el comercio de esclavos destinados a las posesiones españolas, durante los cuales se comprometió a transportar “144 mil piezas, no viejas ni defectuosas”.

Durante toda la época colonial fueron deportados más de 250 000 africanos (hombres y mujeres) en edad productiva a la Nueva España; número cuatro veces superior al de españoles que llegaron en la misma época.

México es de los países americanos que introdujeron más esclavos desde tiempos tempranos, a diferencia de Cuba, Brasil y EU, adonde arribaron en etapas posteriores. Además, en México, la población aborigen era numéricamente superior a la de aquellas naciones, lo cual explica también la disolución racial del negro relativamente pronto en el país, que tiene lugar a través del mestizaje masivo con el indígena.

Los colonos españoles obtuvieron esclavos de habla bantú, principalmente del Congo y, más adelante y en menor número, del Golfo de Guinea, ambas regiones occidentales de África. Pero también, en mínimas porciones, de Senegal, Gambia y del archipiélago de Cabo Verde (Siglo XVI); Ghana, Togo, Costa de Marfil y Nigeria (siglos XVII y XVIII), incluyendo el delta del Níger (siglos XVIII y XIX). De las Islas de Cabo Verde procedía una tercera parte de hembras esclavas de entre 15 y 26 años de edad, que pasaron a vivir en la Nueva España como sirvientas, niñeras, doncellas o enfermeras; incluso muchas eran compradas para servir de amantes de los colonos. En casos muy especiales, atendieron quehaceres como escribientes o tenedores de libros.

Esta migración forzada fue de tal magnitud que transformó, a partir del Siglo XVI, la economía mundial a través de la dominación de los países expansionistas (España, Portugal, Inglaterra, Alemania) sobre sus colonias africanas y asiáticas. Básicamente el sistema colonial requirió mano de obra abundante y barata, oro negro (o “madera de ébano”) para movilizar la economía europea; sin esta acumulación de capital no hubiese sido posible la misma Revolución Industrial, por citar una institución.

Desde el comienzo de la trata esclavista, la Corona española decretó que todo negro deportado fuese cristianizado, lo que implicaba que hablase castellano y estuviese bautizado: los negros ladinos. La dificultad que representaba manejarlos como bestias de trabajo y su peligrosidad religiosa (considerados paganos, muchos eran musulmanes que conservaban sus hábitos y ritos) hizo que se prefiriera traer negros bozales, es decir, desprovistos –según el saber colonial– de razón e inteligencia.

Ocupaciones. Las castas.

Diseminados a lo largo y ancho de la Colonia, a los esclavos africanos se les utilizó en los más diversos trabajos y quehaceres. Al servicio de los encomenderos, casas de hacendados o instituciones públicas, fueron capataces de cuadrillas de indios utilizados para la explotación de oro, así como vaqueros y caporales en las fincas ganaderas: también trabajaron en la construcción, o como trapicheros, pescadores y arrieros; como fuerza productiva, intervinieron en la herrería, albañilería y carpintería, en la construcción de muelles y barcos, siembra y cultivos agrícolas. También se ocuparon en calidad de mozos, jardineros, mayordomos, caballerangos, lacayos y cocheros en las ciudades; en el ejército o la milicia.

Durante el primer siglo de dominación española, la distinción entre las diferentes clases que integraban la población fue sencilla y su estratificación de por sí lógica. El peldaño más alto lo ocupaban los conquistadores y los pobladores españoles; les seguían los aborígenes vencidos, y finalmente, los esclavos negros, “casta infame por su sangre”, a decir del racista concepto cristiano–hispano en boga. La mezcla de estos tres grupos raciales presentó, en principio, el problema –nada fácil– de encasillar a sus descendientes.

Indistintamente todas las castas derivadas de negros eran reputadas infames por derecho. Sus individuos no podían obtener empleo y, aunque las leyes no lo impedían, no eran admitidos en las órdenes sagradas. La sociedad dividida en castas, que caracterizó al virreinato, tomó forma definitiva hasta los primeros años de la centuria XVII, cuando las mezclas entre las poblaciones conquistadoras, vencida y esclava, y sus hijos, se había llevado al cabo. Para entonces la casta superior la componían tanto los españoles de procedencia europea –quienes usufructuaban los puestos de mayor jerarquía en la Colonia–, seguidos de los llamados “españoles americanos”, más comúnmente conocidos como “criollos”, hijos de padres y madres españoles, pero que muchas veces eran productos “híbridos”, es decir, mestizos preponderantemente blancos, descendientes de españoles peninsulares y de algunos individuos de la casta inmediatamente inferior.

Los indígenas, que gozaban de un estatus legal particular formaban otra casta. Finalmente, los negros estaban ubicados en la posición más baja.

A la mezcla de español con negra se llamó mulato. Los zambaigos eran producto de negros e indio; de mulato con española, morisco. Otro modo de clasificación agrupó a los negros en: atezados o retintos (de color muy oscuro) y amembrillados o amulatados (de color casi café), fuesen cafres de pasa (por las apretadas espirales de pelo que formaban motas), o merinos (por el aspecto lanudo del cabello).

Cuando el asunto de clasificar en castas, por el color de la piel, se complicó ante las muchas mezclas que se produjeron, el término zambaigo casi desapareció, y, en su lugar, fue utilizada la palabra mulato para nombrar genéricamente a los de piel oscura. Así hubo mulatos blancos, mulatos moriscos, mulatos prietos, mulatos pardos, mulatos lobos, mulatos alobados e indios alobados. De la mezcla de todos éstos con los blancos surgieron los mestizos prietos y los mestizos pardos; en los hechos, los negros dejaron de ser llamados negros para ser apostillados morenos o pardos. Después se les conoció como jíbaro, albarrazado; a partir del Siglo XVIII, jarocho (Veracruz), etíope, chino y cambujo (Acapulco, Oaxaca). Actualmente se le da el nombre de cuculuste y puchunco (Costa Chica) al negro que tiene el pelo enredado o muy ensortijado.

Con la palabra latina níger designaban los romanos el color de la piel de diversos pueblos del norte de África; de tal palabra se deriva el término español “negro”, concepto que a los ojos del blanco cristiano implicaba una condición de ser natural inferior. De aquí el supuesto racial anticientífico de que los negros no eran seres humanos de verdad, sino “una especie deforme e imperfecta” (aparte del color negro, de boca grande y nariz chata), lo cual se alejaba, ciertamente, del ideal de belleza europeo; todo ello, vino a justificar su esclavitud, sin cargos de conciencia para los esclavistas, y con un torcido derecho a “civilizarlos”; es decir, cristianizarlos y hacerlos que hablasen el idioma del amo español (o portugués, francés, etc.).