Miércoles  23 de julio de 2014.

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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Revolución Mexicana en Guerrero, La

El licenciado Lugo, por su parte, quedó en una situación por demás comprometida y difícil, prácticamente a merced de la guarnición militar huertista de Chilpancingo y de varios grupos armados adheridos al gobierno usurpador. Sus antecedentes de maderista convencido lo hicieron sospechoso a los ojos de Huerta desde el primer momento. El general Manuel Zozaya, comandante de la guarnición militar de Chilpancingo, lo sometió a una estrecha vigilancia, haciéndolo virtualmente su prisionero.

Al asumir el poder Huerta, Zozaya –al igual que todos los antiguos militares federales– reconoce públicamente a Victoriano como presidente, y éste, como compensación a su fidelidad, lo ratifica en su cargo. Posteriormente, el mismo Huerta lo nombra gobernador de Guerrero, para suplir a Lugo al terminar éste su mandato.

Don José Inocente –a quien en ese momento le faltaban cinco semanas para concluir su periodo de gobierno– decide, en forma prudente, terminar su encargo y entregar pacíficamente el poder, con la finalidad de no propiciar su encarcelamiento, o su muerte, si externaba algún descontento; planeaba incorporarse –después de la conclusión de su mandato– a la lucha contra el huertismo, pero al llegar a la Ciudad de México, Huerta lo manda aprehender y lo mantiene preso varias semanas en la comandancia militar de la plaza, de donde logra huir, y dirigiéndose por Michoacán a la Tierra Caliente de Guerrero, se incorpora a las fuerzas de su amigo el general Gertrudis Sánchez, quien ya estaba en Coyuca de Catalán en actitud rebelde contra el régimen espurio de Huerta. Ahí se le unieron a Sánchez los calentanos Salvador González, Julio Bahena y Cipriano Jaimes, que encabezaban otros grupos de gente armada.

En la lucha contra el régimen de Huerta, el licenciado Lugo fue un revolucionario que tuvo una conducta intachable y una lealtad firme hacia el constitucionalismo. Ello lo llevó a ser distinguido por Carranza con cargos públicos y honrosas comisiones; se recuerda como, por indicaciones de don Venustiano, formó parte de la comisión que redactó el artículo 27 constitucional en el Congreso Constituyente de Querétaro.

Pero fue nuevamente en Huitzuco donde se inició la lucha guerrerense contra el usurpador Huerta. En esta ocasión, fue el Gral. Rómulo Figueroa al mando de sus contingentes –“los colorados”– quien comenzó la ofensiva contra las fuerzas huertistas el 6 de abril de 1913. Para entonces ya se conocía en Guerrero el Plan de Guadalupe, bandera del constitucionalismo en la campaña nacional contra Huerta, situación que logra que los grupos zapatistas que luchaban en Tlapa, Zitlala, Huamuxtitlán, Chilapa y Teloloapan también se unieran a la lucha contra las fuerzas militares leales a Victoriano Huerta.

En el primer combate –que se llevó a cabo en Tepecoacuilco– don Rómulo sufre un revés al enfrentar a las fuerzas del general huertista Antonio G. Olea, comandante de la plaza de Iguala, hecho que lo obliga a retirarse hasta Chilapa, en donde unió sus fuerzas con el destacamento local, también en rebeldía, al mando de Eustorgio Vergara. Después, hizo contacto con Julián Blanco –el gran hombre de Dos Caminos– y con Abraham García, quienes comandaban otros contingentes armados, y, unido a ellos, logró éxito en varios encuentros contra fuerzas militares huertistas en las zonas centro, norte y Costa Grande del estado. No obstante, en ese momento, una gran preocupación embargaba a don Rómulo: su hermano Ambrosio –a quien le habían cortado una pierna, por una herida de bala– continuaba en Chilpancingo a merced de Zozaya, quien lo vigilaba estrechamente, esperando que Rómulo intentara rescatarlo y emboscar a los rebeldes; sin embargo, don Rómulo nunca se atrevió a hacerlo, porque sabía que con ello firmaba la sentencia de muerte para su hermano Ambrosio.

Al no picar don Rómulo “el anzuelo tendido”, Ambrosio es trasladado como rehén a Iguala, con la finalidad –según le había dicho su “amigo” Martín Vicario– de que los tres Figueroa se reunieran en esa ciudad con las autoridades huertistas, para llegar a un arreglo y concluir las hostilidades; obviamente, este burdo plan que tenía como fin la captura y muerte de Rómulo –quien era la persona que más preocupaba al huertismo guerrerense– y sus hermanos, no tuvo éxito, pues tanto Rómulo como Francisco, en vez de acudir al amañado parlamento de Iguala, decidieron abandonar Guerrero y proseguir su lucha contra Huerta en otras entidades, medida que ellos creían favorable para Ambrosio, pues éste, según su opinión, salvaría la vida y sería dejado en paz ante la desaparición de sus hermanos del campo bélico del estado; por otro lado, ellos pensaron que su ausencia en la entidad también sería positiva para las fuerzas maderistas, ya que ante la falta de un mando militar y político único entre las fuerzas revolucionarias de Guerrero, los Figueroa y los zapatistas continuaban con fricciones, que entorpecían su labor.

Sin embargo, el gobierno espurio reaccionó con rabia ante el fracaso de su burda maniobra y mandó de inmediato fusilar a don Ambrosio (orden cumplida el 23 de junio de 1913 por el coronel Juan A. Poloney quien, poco después, sustituiría a Zozaya en el mando político y militar del estado).

Es entonces cuando las fuerzas defensoras de los intereses revolucionarios en Guerrero quedaron a cargo principalmente de tres hombres: Jesús H. Salgado, Encarnación Díaz y Julián Blanco quienes, durante los últimos nueve meses de la cruzada contra Huerta en Guerrero, fueron la columna vertebral del movimiento. Con excepción de la Costa Grande, en donde Silvestre G. Mariscal permanecía como un firme reducto de Huerta, el estado se hallaba filtrado por el zapatismo que amagaba continuamente a los federales, debilitando al huertismo por todas partes. El pueblo de Guerrero en armas, con un impulso creciente que se ampliaba y fortalecía a cada instante, había ganado mucho terreno en el primer trimestre de 1914, precisamente cuando la revolución norteña avanzaba implacable hacia el centro del país.

Para marzo del año mencionado, sólo en tres plazas ondeaba la bandera de Huerta: Acapulco, Chilpancingo e Iguala, que ante el impulso insurreccional habían sido aisladas lentamente. El principal baluarte era Chilpancingo, donde el gobierno disponía de casi tres mil hombres y numerosos pertrechos de guerra, que incluían cañones y baterías de montaña, razón por la cual, Jesús H. Salgado reunió en Cuetzala del Progreso una junta de jefes revolucionarios zapatistas, para planear el asalto definitivo a la capital del estado, que estaba defendida por los generales Luis G. Cartón, Juan A. Poloney, Paciano Benítez y el coronel Martín Vicario.

La captura de esta plaza, fortificada a conciencia por los militares, fue, sin duda, la operación más importante de la campaña revolucionaria contra Huerta en Guerrero; una verdadera hazaña del pueblo armado, en la que éste exhibió su valentía y su coraje. El plan de ataque se formuló así: Encarnación Díaz y sus fuerzas quedaron en las inmediaciones de Mezcala, para contener el paso de apoyos que pudieran movilizarse de Iguala a Chilpancingo; Jesús H. Salgado y Heliodoro Castillo atacarían por occidente, desde los rumbos de Amojileca y Chichihualco; las fuerzas zapatistas del oriente de Guerrero, unidas a las que llegaron de Puebla y Morelos, lo harían dirigidas por Emiliano Zapata en persona, quien estableció su cuartel general en Tixtla; por su lado, don Julián Blanco llegó de Dos Caminos y se situó al sur de la plaza, en la salida hacia Acapulco.

A mediados de marzo, Chilpancingo quedó sitiada, y a partir del 19 se intensificó el ataque, el cual fue incansable, persistente y, cada vez, más sangriento. Los sitiados resistieron con éxito las primeras acometidas, pues las armas de largo alcance mantenían a raya a los atacantes, pero el cerco iba estrechándose. Poco a poco, los víveres fueron escaseando en la ciudad y la situación de los defensores se hizo angustiosa; no obstante, aún así, resistieron con fuerza y valentía.

Después de casi una semana, Encarnación Díaz apareció por Zumpango, y en un rasgo audaz y temerario rompió la defensa facilitando que el resto de los grupos atacantes se precipitara al unísono sobre la ciudad, como un verdadero alud. Fue entonces cuando Cartón, convencido de su derrota, evacuó Chilpancingo con dirección a la Sierra Madre, por el rumbo de Petaquillas, pero las fuerzas de don Julián Blanco lo persiguieron, le dieron un golpe demoledor matando a Poloney en la batalla, capturándolo a él y a su Estado Mayor, y decomisándole sus valiosos pertrechos, que finalmente fueron a parar a manos de la gente de Zapata, pues éste se los pidió a Blanco, quien no tuvo empacho en proporcionárselos.

Los jefes prisioneros –Cartón, Benítez y el coronel Leandro Peza– fueron llevados a Tixtla, en donde el propio Zapata los sometió a un Consejo de Guerra. Cartón y Peza –hijo del poeta Juan de Dios Peza– fueron sentenciados a muerte y Benítez, sólo a prisión. La ejecución se efectuó en Chilpancingo el 6 de abril. De los jefes defensores de la plaza, sólo Vicario logró escapar.

La captura de Chilpancingo facilitó, poco después, la toma de las dos plazas restantes en poder de los federales: Iguala y Acapulco. La primera cayó en manos de Castillo, Salgado y Díaz el 11 de abril de 1914, y Acapulco en las de Julián Blanco el 8 de julio del mismo año. De esta manera se consumó la conquista de todo el territorio del estado por las fuerzas revolucionarias.

Merece mención el hecho de que no todos los guerrerenses destacados durante el movimiento armado para cambiar el gobierno porfirista fueron leales al maderismo; algunos no dudaron en apoyar desde un principio al usurpador Huerta; entre ellos se puede recordar a Juan Andreu Almazán, a Rafael Castillo Calderón –el promotor del Plan del Zapote–, al belicoso costeño Silvestre G. Mariscal, y a Martín Vicario, uno de los iniciadores de la Revolución en Guerrero.

También es importante recordar que el movimiento antihuertista en Guerrero no sólo careció de un mando único militar y político que favoreciera su desarrollo y cumplimiento en el menor tiempo posible, sino que también se realizó alejado territorialmente de la campaña constitucionalista que avanzaba hacia la Ciudad de México, y que, por ello, siguió su propio impulso y se atuvo prácticamente a sus propios recursos. Las acciones antihuertistas en Guerrero se vincularon más, por razones geográficas, con el movimiento michoacano y con el zapatismo de Morelos; sin embargo, Huerta, conociendo personalmente el espíritu de lucha de los hombres del Sur, nunca desatendió el frente militar de nuestro estado; envió siempre a Guerrero a militares expertos de su absoluta confianza, quienes se vieron apoyados con numerosas tropas y nutridos pertrechos de guerra.

Concluimos esta entrada con el siguiente párrafo escrito por el licenciado Vicente Fuentes Díaz en su libro histórico La Revolución de 1910 en el estado de Guerrero: “En dos ocasiones –1910 y 1913– el pueblo de Guerrero se había puesto en pie para defender sus derechos. Y en ambas ocasiones lo hizo con valor y energía indomable, abriéndose paso en medio de condiciones adversas, con pocas armas, sin unidad política y militar, agobiado por arduos problemas, traicionado en varias ocasiones por quienes decían formar parte de él, abandonado a su suerte, pero con una voluntad de lucha y un amor a la libertad realmente admirables”.

(FLE)