Viernes  6 de diciembre de 2019.

Traducir

Spanish Chinese (Simplified) English French German Greek Italian Japanese Norwegian Portuguese Russian
  • Monumento a los héroes de la Independencia en Iguala
  • Iglesia de Santiago Apóstol en Ometepec
  • Danza guerrerense
  • Santuario en Olinalá
  • Fábrica de hilados en El Ticuí
  • Monumento a la Bandera en Iguala
  • Entrada Fuerte de Acapulco
  • Danza de Los Apaches
  • Mujeres danzantes de Zitlala
  • Ofrenda de Día de Muertos
  • Mural en la ciudad de Tixtla
  • Iglesia de Santa Prisca en Taxco
  • Pescado a la talla
  • Mural del Palacio Municipal de Tixtla de Guerrero
  • Tlacololeros
  • Con agua y flores, fragmento
  • Museo Regional de Guerrero en Chilpancingo
  • Zona arqueológica Tehuacalco
  • Museo de la Bandera en Iguala
  • Encomendero
Previous Next

Adquiera su ejemplar

  • Cartel Enciclopedia
  • Cartel Enciclopedia

Buscar en el contenido

Patrocinadores

  • Consejo de la Crónica de Iguala
  • Visita la Feria a La Bandera
  • Visita la Feria a La Bandera
  • Patrocinador 2015-2017
  • Patrocinador 2015-2017
Visitas desde el 24-Feb-2012
4590340
HoyHoy822
AyerAyer1224
Esta semanaEsta semana6960
Este mesEste mes8134
TodosTodos4590340
Día más visitado 05-07-2018 : 2924
UNITED STATES
US
Usuarios conectados 35

Diseño Web

Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Poesía

El diccionario de la Real Academia Española nos dice que poesía significa “toda manifestación de la belleza o del sentimiento por medio de la palabra en verso o en prosa”. Se trata de una definición muy general que, sin embargo, nos sirve para destacar los componentes esenciales de la poesía en cuanto que sus fines son manifestar o expresar la belleza o el sentimiento por medio del lenguaje. Es un hecho que existe la poesía en prosa, pero ambos procedimientos tienen en común que deben ser escritos. De esta manera, la literalidad de la poesía, aparte de ser un fenómeno lingüístico, también constituye un hecho social, pues la circunstancia elemental de ser escrita la vincula sólidamente a la noble tarea mediadora de hombre a hombre, de la que resulta vano pretenderla desligar.

La poesía intenta exponer un contenido psíquico para que lo reciba el contorno social e histórico, sin lo cual no se realiza su ciclo completo. El poeta, al colocar su sentimiento fuera de sí, lo traslada sin solución de continuidad al medio social donde vive. Esta causa final está siempre implícita en todo acto de creación literaria o artística, en mayor o menor grado de conciencia. Es verdad que a veces priva el primer impulso de liberación subjetiva, pero en el fondo de ese impulso se encuentra la necesidad de expresarlo a otros. La conciencia literaria, como lo ha dicho certeramente César Fernández Moreno, en su Introducción a la Poesía, consiste en “una aspiración expansiva en el tiempo y en el espacio, hacia todos y cualquier hombre”.

Muchos poetas han afirmado que no les interesa ser leídos y que escriben poesía únicamente para decir lo que sienten, piensan o imaginan. Tal afirmación es producto, en el mejor de los casos, de la modestia del poeta porque es un hecho que al escribir pretende sobrevivirse al través de sus poemas, y es que la obra poética, por su intrínseco carácter escrito trasciende la vida del autor quien no está del todo exento de un afán, si se quiere recóndito, de posteridad. Toda poesía es social en cuanto está escrita por un hombre y dirigida hacia los demás, independientemente de lo que diga el autor. Aquí nos encontramos con un problema de valor. ¿Cuál es el nivel que una obra poética debe alcanzar para que pueda llegar a los imaginarios receptores? Con los peligros de una fórmula simple digamos que, en general, se requiere un contenido valioso e impactante, más un adicional valor técnico de justa adecuación entre el lenguaje empleado y su contenido. Al respecto, debe decirse que la poesía tiene un conocimiento sui géneris de la realidad, porque para obtenerlo no utiliza la razón, como lo hacen la filosofía y la ciencia, sino que se vale del sentimiento y de la imaginación, utilizando el lenguaje como medio expresivo. La poesía, por consecuencia, expresa intuiciones y sentimientos alógicos, pero debe hacerlo en un lenguaje lógico y, por tanto, inadecuado para su mensaje.

Esta lucha por expresarse por medio de un conducto deficiente, nos da idea de la dificultad que la poesía ha debido vencer para lograr sus fines. Los verdaderos poetas lo han hecho recurriendo a las metáforas y a su quintaesencia que es la imagen. El lenguaje poético es siempre simbólico en cuanto que consiste en representar un elemento de la realidad por otro, que es el caso de las metáforas y las imágenes. Aun cuando para muchos autores la metáfora y la imagen son la misma cosa, existen evidentes distinciones de grado entre ellas. La metáfora consiste en trasladar el sentido recto de las voces en otro figurado, en virtud de una comparación tácita, esto es, utilizando la semejanza de una cosa con otra. Por ejemplo, si decimos que un caballo es veloz como el viento, estamos haciendo una metáfora; pero si forzamos un poco la hipérbole y decimos, como Góngora, que el caballo es el viento mismo:

el veloz hijo ardiente
del céfiro lascivo

ya estamos en presencia de una imagen. En consecuencia, la imagen es la depuración de la metáfora llevada hasta sus últimas consecuencias. Otra característica de la imagen, que la distingue de la metáfora, es aquella que acerca o acopla realidades opuestas o alejadas entre sí, dicho de otro modo, somete a unidad la pluralidad de lo real. Eso se explica porque la realidad poética de la imagen no aspira a expresar lo que es, sino lo que podría ser y, por medio de este paradójico procedimiento, que no sólo proclama la existencia dinámica y necesaria de los contrarios sino su final identidad, obtiene sorprendentes resultados.

Así, San Juan de la Cruz, en el silencio de su celda conventual puede escuchar una “música callada”; Carlos Pellicer dice con seguridad: “Aquí no pasan cosas de mayor trascendencia que las rosas”. López Velarde, para terminar un retrato poético, señala: “los párpados narcóticos”; y aún la expresión tan conocida, sobre la difícil facilidad con que versificaba Homero, son imágenes que literalmente resultan absurdas, pero que nos transmiten, sin embargo, y precisamente debido a esa manifiesta oposición, el verdadero ser que queremos nombrar.

El valor de la palabra poética reside en el sentido que esconde. Johanes Pfeiffer en su célebre libro La poesía, dice que “debemos franquear la expresión verbal para buscar tras ella el objeto que el lenguaje ha querido ofrecernos“. Es decir, el sentido de la palabra poética es un esfuerzo para alcanzar algo que no puede ser alcanzado por las palabras comunes, pero lo intenta reiteradamente al través de las metáforas y las imágenes en las que se recogen y exaltan los valores profundos de las palabras. No se trata de expresiones sin sentido o que son un contrasentido, porque la palabra poética posee su propia lógica y se explica a sí misma, tal como lo podemos advertir en el siguiente verso:

cariñosas distancias, favores del silencio

Nada, excepto la imagen, puede decir lo que quiere decir, y así llegamos a la conclusión, tal como lo afirma Octavio Paz (q. e. p. d), de que sentido e imagen son la misma cosa. Cuando el poeta dice que los labios de su amada pronuncian con desdén, sonoro hielo, no hace un símbolo de la blancura o del orgullo. Nos enfrenta a un hecho sin recurso a la demostración: desdén, labios, palabras, hielo, son realidades dispares que se presentan de un solo golpe ante nuestros ojos y nos aproximan a lo que el poeta sintió y logró expresar. Así mismo, hay muchas maneras de decir la misma cosa en prosa, pero sólo hay una en poesía. No es lo mismo decir, con Rubén Darío: “de desnuda que está brilla la estrella”, que decir simplemente: la estrella brilla porque está desnuda. Advertimos claramente que el sentido se degrada y pierde su fuerza expresiva en la segunda manera de utilizar el mismo concepto.

Octavio Paz, en su libro El arco y la lira, a propósito de la imagen, dice categóricamente: “el lenguaje tocado por la poesía, cesa de pronto de ser lenguaje; o sea, conjunto de signos, nombres y significados. El poema trasciende el lenguaje. El poema es lenguaje, pero es algo más también. Y ese algo más es inexplicable por el lenguaje, aunque sólo puede ser alcanzado por él. Nacido de la palabra, el poema desemboca en algo que lo traspasa”.

Al hablar de la poesía tenemos que referirnos al tema de la inspiración. Curiosamente, sólo sus críticos niegan la existencia de este fenómeno y uno que otro aficionado con pretensiones de poeta. La mayoría de los que ejercieron y ejercen el oficio poético admiten su existencia; Octavio Paz y Juan Ramón Jiménez, entre otros, para no señalar más que a dos premios Nobel de Literatura. Algunos llamaron a la inspiración “demonio interior”, musa, genio; otros la consideran producto del incesante trabajo poético o del mero azar. De todas maneras, es cierto que la inspiración constituye una suerte de colaboración no esperada por el poeta; de pronto aparece la palabra justa, quizá contraria al proyecto original, que remata con fluida contundencia el poema.

A veces la fuente de la imaginación deja de manar, pero el poeta no se conforma y lanza otras palabras al encuentro de aquella última y definitiva que iluminará totalmente el mensaje, envolviéndolo en una sola unidad expresiva. El fenómeno de la inspiración desde el principio fue y sigue siendo un misterio. Platón creía que el poeta era un poseído por demonios y quizá por eso lo expulsó de su República. Otros lo consideran también poseído, pero por la divinidad. Esa voz ajena o extraña que se cuela por las rendijas de la imaginación y que desciende sobre el poeta como una gracia, ¿no será la voz profunda de su conciencia individual y social? No lo sabemos a ciencia cierta y quizás nunca lo llegaremos a saber, lo cual no es necesario si consideramos a la inspiración como algo natural, precisamente porque lo sobrenatural forma parte del mundo del poeta.

Lo cierto es que no hay poesía sin sociedad y una sociedad sin poesía carecería de lenguaje supremo, aquel que las palabras no pueden decir por sí solas, pero que expresan en el espacio alado de las metáforas y las imágenes. Los poetas, quiérase o no, intentan la audaz empresa de poetizar la vida social y los del futuro perseguirán el ideal de socializar la palabra poética. De aquí que la poesía no sólo sea un medio de comunicación, sino un poderoso lazo de unión entre los hombres.

Poesía en griego significa “creación”, y una sociedad creadora sería aquella en la que las relaciones entre los hombres fuese un tejido vivo –palabra viva y palabra vívida– hecho de la fatalidad de cada uno, al enlazarse con la libertad de todos. Esa sociedad sería no sólo libre, sino solidaria, porque la actividad humana no consistiría, como hoy ocurre, en la dominación de unos sobre otros, sino que buscaría el reconocimiento de cada ser humano por sus semejantes. Cuando la sociedad logre abolir las opresiones y despliegue, simultáneamente, la identidad o semejanza original de todos los hombres y la radical diferencia o singularidad de cada uno, se habrá alcanzado el ideal de una sociedad justa y armónica.

El estado de Guerrero ha sido cuna de excelsos poetas, desde Juan Ruiz de Alarcón hasta la fecha. Por imperativo de la época en que vivieron, su poesía siguió la corriente de los distintos movimientos literarios en boga, pero su finalidad fue y sigue siendo la misma: Llegar a las más altas dimensiones del espíritu y comunicarlas a un número indeterminado de posibles lectores, animados por el amor en sentido amplio, amor a la humanidad, a la naturaleza, a una persona, a la tierra natal, a los héroes y a la patria.

En cuanto al tipo de poesía que cultivaron, podemos clasificar a los poetas guerrerenses como clásicos, románticos, modernistas, postmodernistas y contemporáneos, sin que esto quiera decir que exista un división tajante. El clasicismo fue un fenómeno cultural que consideró como tema central la relación con los ideales y las formas del mundo clásico, dentro del cual quedó comprendida, desde luego, la literatura. El clasicismo se entiende en dos acepciones distintas pero no opuestas: específicamente como tendencia a valorar al máximo los textos de la antigüedad griega y latina y, en un sentido más lato, como la experiencia de establecer modelos o prototipos que pudieran tener un papel normativo sobre el desarrollo del trabajo literario y cultural. Ambas acepciones se entrelazan en distintas épocas, desde el Siglo XVI hasta los comienzos del Siglo XX.

Así, los escritores y poetas clásicos en España se propusieron recuperar de manera directa los textos antiguos, confiando en la capacidad regeneradora de ese fecundo patrimonio, enriquecido con los aportes del humanismo y con la influencia medieval italiana, de donde procede el soneto, cuya invención se atribuye a Iacopo da Lentini (siglo XIII) y al que Petrarca le imprimió un sello personal. Entre los poetas clásicos de origen guerrerense, sólo podemos mencionar, con seguridad, al ilustre taxqueño Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza (1581–1639) quien se caracterizó como dramaturgo, pero no fue ajeno a la poesía.

Al clasicismo sucedió el romanticismo, corriente literaria en la que el sentimiento triunfó sobre la razón y que apareció desde finales del Siglo XVIII hasta bien entrada la segunda mitad del siguiente. El romanticismo exageró el valor de lo individual y proclamó la libertad en todos sus aspectos. Ignacio Manuel Altamirano (1834–1893) es el primer poeta romántico guerrerense. Su obra poética está contenida en el tomo VI de sus Obras Completas, bajo el título de Rimas. Sin embargo, Altamirano no fue un poeta constante. Su trato con la poesía sólo se produjo con asiduidad de su juventud a su etapa inicial de madurez.