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Antropología

Ella lo había aprendido de su abuela paterna, aunque hacía ya 40 años de no usarla y sólo la conservaba trabajosamente en lo más recóndito de su memoria; así, la labor de recuperar la mayor cantidad de vocablos que la informante difícilmente recordaba hubo que reforzarla con sesiones de hipnotismo, acto insólito y sui géneris dentro de la antropología mexicana del momento. Este recurso extremo no resultaba extraño y sí permisible en la antropología universal, destinada a salvaguardar y registrar, hasta lo imposible, la expresión cultural de un pueblo que se desvanece simbólicamente del mapa lingüístico de entre los idiomas prehispánicos sobrevivientes hasta el Siglo XX.

De esta forma, el lingüista logró obtener las clases estructurales y la construcción de la lengua, con la información de doña Juana Can, la última recordante de cuitlateco. Tiempo después, con el natural tránsito de doña Juana, atestiguamos, una vez más, la pérdida de un rasgo de nuestra hoy reconocida y revalorada diversidad cultural. Sin embargo, el cuitlateco perdurará, en esencia, por el rescate que de él hizo la antropología mexicana en la persona del lingüista Roberto Escalante Hernández (1935–2001) en su estudio de El cuitlateco, publicado por el INAH en 1962.

El primer estudio regional referido a una porción importante del estado, realizado ex profeso por un equipo de antropólogos, aunque con un enfoque marcadamente socioeconómico, se empezó a realizar desde 1954 en La Montaña de Guerrero, “región de refugio” de una mayoritaria y vital población indígena.

La política indigenista de la época procuraba la creación de “centros coordinadores”, los cuales deberían localizarse en un punto poblacional considerado como el núcleo rector que se particularizaba por las relaciones sociales, económicas y político-administrativas que se derivaban de él, en la medida de su influencia y control sobre una amplia periferia con numerosa y heterogénea demografía, lingüística y culturalmente diferenciada.

En esta ocasión los estudios se dirigían hacia determinar si Chilapa o Tlapa podrían acreditarse para ser la sede del “centro coordinador” de esa amplia área geográfica que abrigaba a la compleja y dilatada región de La Montaña, donde convivían mixtecos, nahuas y tlapanecos y comprendida por los distrititos de Álvarez, Zaragoza y Morelos

El estudio de Maurilio Muñoz Basilio, antropólogo originario del estado de Hidalgo (1922–1981), partía de las descripciones que en 1954 habían realizado en tal región los antropólogos Alfonso Fabila y César Tejeda, comisionados por el Instituto Nacional Indigenista (INI). En 1962, el mismo instituto encargó al autor y a Salomón Nahmad la complementación de la información primordial y un reconocimiento por todas las cabeceras municipales comprendidas dentro de los tres distritos.

El resultado final de toda la indagación fue coordinado y rubricado al final por Muñoz con el título de Mixteca Nahua Tlapaneca, que se convirtió en su momento, 1963, en el gran aporte contemporáneo y acercamiento primario hacia esa aislada región y a determinar que Tlapa de Comonfort fuera en definitiva la sede del centro coordinador indigenista.

El estudio no fue antropológicamente exhaustivo, pero sí logró otorgar una amplia visión de la vida en las comunidades mixtecas, nahuas y tlapanecas, acogidas a un paisaje hostil, abrupto y poco esperanzador. Estos aspectos fueron conjuntados en el libro en 12 capítulos que trataron sobre unos muy breves antecedentes históricos, el medio geofísico e hidrográfico, las escasísimas vías de comunicación que acusaban secularmente su aislamiento y donde el servicio aéreo era, paradójicamente, el único transporte concebible para la movilización expedita entre las cabeceras municipales y otros puntos estratégicos; la demografía, la estructura económica, la educación, el ciclo de vida, la alimentación, la casa y el vestido, la higiene y la salubridad, la organización política y social, la religión y el arte. Todos ellos fueron desglosados en subcapítulos y éstos en asuntos precisos y particulares enfocados a resaltar la realidad de los componentes que eran denominadores comunes de los tres distritos rentísticos estudiados y determinantes: Álvarez, Morelos y Zaragoza.

Para los años 80 y 90, y principios del Siglo XXI, la literatura histórico–antropológica sobre La Montaña de Guerrero se incrementaría en forma notable, aunque estructuralmente la situación socioeconómica de su población no habría variado, de manera lamentable y en lo esencial, a pesar de una política oficial con un carácter más bien asistencial.

En la década de los 60 coinciden en su aparición tres obras referidas a una particular porción territorial del estado y escritas precisamente por autores originarios de la misma. Don Epigmenio López Barroso (1890?–1968) saca a luz su Diccionario geográfico, histórico y estadístico del distrito de Abasolo, del estado de Guerrero (1967) en un tono muy similar al de Héctor F. López de 1942. Este tipo de trabajos enciclopédicos y que lo mismo relatan hechos históricos propios de la comarca, enlistan a los personajes destacados por las más diversas y peculiares razones y propios de ese ámbito, suelen contener además descripciones de la flora y la fauna y hasta del medio físico un numeroso acopio de fichas; por su carácter localista y sin mayores pretensiones son, sin embargo, de gran utilidad complementaria para historiadores y etnólogos en trabajo documental y de campo.

Las otras obras son las firmadas por el licenciado Francisco Vázquez Añorve (1892–1984) y tienen la peculiaridad de estar redactadas como libros de memorias, referidas a su lugar de origen y que le da nombre al mismo: Ometepec. Leyenda de un pueblo (1964). Parece que el autor había vivido por muchos años en la ciudad de Puebla y desde allí plasmó en el libro la nostalgia que le inspiraba el recuerdo de su terruño, que continuó en 1974 con la edición de El ayer de mi costa, ambas obras con el sello editorial sito en la ciudad de Puebla de los Ángeles.

Tanto los textos de López Barroso, también originario de Ometepec, como los de Vázquez Añorve, se refieren específicamente al pueblo cabecera distrital y a los municipios dependientes de la misma: Cuajinicuilapa, Igualapa, Tlacoachistlahuaca y Xochistlahuaca. Conforme avance la atención de los estudios socioantropológicos hacia la Costa Chica, estos documentos serán, seguramente, de consulta colateral, como lo van demostrando al aparecer citados en la bibliografía de varios trabajos referidos a la región. Por otro lado, este tipo de publicaciones representan el afán legítimo de conformar la versión particular de su propia memoria, al margen de los dictados de la historia oficial.

Hubo un tiempo en que resultó de lectura obligada la Historia del estado de Guerrero del intelectual coterráneo Moisés Ochoa Campos (1917–1985), aparecida en 1968 y hasta ese momento el más recurrido compendio de toda la serie de momentos históricos que habían marcado el proceso secular de la entidad.

En un discurso lineal, que abarcaba desde la época prehispánica hasta la etapa constitucionalista y que como apéndices presentaba una historia de la cultura en el estado, una lista cronológica de los gobernadores y un calendario histórico guerrerense, esta obra se había convertido en un clásico de la historiografía sureña. En esta forma habían sido los propios investigadores –entre ellos algunos antropólogos–, quienes se habían apoyado en ella y la habían tomado como “historia oficial”, sin reparar en las múltiples imprecisiones que se advertían en la misma y en afirmaciones que no eran del todo válidas. Otro problema era la carencia total de identificación de las fuentes que le permitieron obtener y transmitir la información.

En ese tiempo apenas existían intentos de efectuar estudios o investigaciones hacia temas o periodos concretos del proceso histórico de la entidad. El antecedente más cercano a la obra de Ochoa Campos era, también en esos momentos, la Síntesis histórica del estado de Guerrero de Luis Guevara Ramírez (1918–1978), publicada en 1959 y dedicada “a la memoria del licenciado Miguel F. Ortega, pionero de la investigación histórica de Guerrero”. La síntesis contenía los capítulos: I. Los pueblos prehispánicos del Sur; II. Conquista y Colonización; III Aspectos de la época colonial; IV. La Guerra de Independencia; V. El Sur: de la Independencia a la erección del estado de Guerrero; VI. La Revolución de Ayutla, la Guerra de Reforma y la lucha contra la Intervención Francesa; VII. La República Restaurada y el Porfiriato; VIII. La Revolución de 1910. Este último capítulo lo culminaba con la mención imprescindible a los últimos gobernantes estatales hasta la gestión en funciones de Caballero Aburto.

Según Guevara, su síntesis iniciaba una serie de “estudios históricos guerrerenses” que no fructificó en más títulos, mientras que Ochoa Campos, con anterioridad a su historia, había publicado Guerrero. Análisis de un estado problema (1964) y Breve historia del estado de Guerrero. Edición escolar (1968). Por último, y de manera póstuma, se editó en 1987 su obra La chilena guerrerense, un estudio muy ilustrativo del origen de este baile que se identifica con el folclore de la entidad y cuyo origen es la cueca sudamericana.