Jueves  21 de noviembre de 2019.

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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Antropología

Los misioneros que se establecerían posteriormente en otros lugares de Guerrero fueron Robert Hills y su esposa Marion, quienes, junto con Leo Pankratz, llegaron para estudiar el mixteco de Ayutla de los Libres, Mark y Esther Weathers para el tlapaneco de Malinaltepec, junto con Carl F. Zylstra en Alacatlatzala, David y Elena Mason para el náhuatl del centro del estado, Edward Overholt para el mixteco de Metlatónoc.

Además en un momento dado los lingüistas del ILV aplicaron pruebas de inteligibilidad interdialectal entre los amuzgos de Xochistlahuaca, Zacoalpan, Cochoapa y Huehuetónoc; de mixteco entre los hablantes de Ayutla, Cuatzoquitengo (Malinaltepec), Cahuatache (Xalpatláhuac) y Metlatónoc; de náhuatl en Acalmani (Ayutla), Atliaca (Tixtla), Copalillo, Totolapan, Quetzalapa (Azoyú) y Acatepec (Ometepec). Del centro del estado analizaron el náhuatl de Coatepec Costales, Tlacuitlapa y Los Sabinos (Teloloapan) y de Chilacachapa (Cuetzala del Progreso).

La obra de todos ellos se tradujo en material de alfabetización y de lectura, cartillas para aprender el propio idioma y el español, variadas ponencias científicas en congresos nacionales e internacionales y textos en múltiples publicaciones sobre diversos aspectos de la idiomática indígena de México. Así también editaron diccionarios y literatura en lengua nativa, lo mismo que manuales de prácticas agrícolas o de sanidad. Asimismo daban asesorías a las dependencias oficiales indigenistas y de educación y, sobre todo, se entregaban a la traducción del Nuevo Testamento a la lengua respectiva. Marcus Weathers inclusive tradujo al tlapaneco de Malinaltepec para el gobierno estatal y su Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia el documento Derechos fundamentales del individuo en los años 70.

En 1974, un grupo de estudiosos de las ciencias sociales en México, antropólogos, sociólogos, técnicos, especialistas y estudiantes acusó a los cerca de 250 integrantes del ILV de desempeñarse como agentes de penetración ideológica, cuyas actividades “habían puesto en evidencia sus ligas con los centros de hegemonía imperial” y de ser una “agencia seudocientífica vinculada a la CIA”. Fue también acusado de transgredir algunos articulados constitucionales y de ocasionar “divisiones en el seno de las comunidades que constituyen un freno para su organización y la defensa de sus derechos comunes”. La presión de la supuesta opinión pública provocó que aquella invitación primera del presidente Cárdenas el convenio confirmatorio del presidente Ávila Camacho y el respectivo refrendo del mandatario López Mateos del tratado a terminar en 1990 se diera por anulado el 21 de septiembre de 1979.

William Cameron Townsend (1896–1982) fue el autor de la biografía más calificada de Lázaro Cárdenas del Río y en 1958 recibió del Gobierno de México la condecoración de la Orden del Águila Azteca.

Y será precisamente en los últimos años 30 cuando se irán conformando incursiones tentativas de tipo antropológico o afines y complementarias a éste, cuyos resultados serán conocidos a partir de los años 40. Para el efecto un acontecimiento había venido a propiciar el medio por el cual las inquietudes y curiosidades científicas de ya varios antropólogos y estudiosos en el país verían impresas las notas sobre sus incursiones en la entidad guerrerense, en una publicación creada para tal fin de divulgación.

En 1919, Hermann Beyer, ya mencionado anteriormente, fundó la publicación El México Antiguo “revista internacional de arqueología, etnología, folklore, prehistoria, historia antigua y lingüística mexicanas”. Por lo que en su momento significó, pues hacía falta “un órgano para publicar el cúmulo de investigaciones” que para ese tiempo se realizaban en el país y en particular en la entidad, destacaremos algunas noticias y artículos contenidos en tal revista.

Para 1939 habían aparecido cuatro volúmenes y en el último de ellos se dieron a conocer contribuciones referidas al estado de Guerrero y a una lengua indígena ya extinguida: “Un estudio preliminar sobre la lengua cuitlateca de San Miguel Totolapan, Gro”. de Pedro Rodolfo Hendrichs y otro sobre el mismo tema del ingeniero Roberto J. Weitlaner: “Notes on the cuitlatec language”. Hendrichs hacía una pequeña introducción etnográfica sobre Totolapan describiendo las peripecias del viaje, las casas, la iglesia, los tipos humanos, las leyendas, etcétera. Ambos investigadores realizaron sus breves informes lingüísticos con vocablos que eran ya los vestigios del cuitlateco. Hendrichs además, en la misma revista, presentó “Der Stein von Tecpan” (El monolito de Tecpan) que es un tlachtemalacatl que se distinguía de otras piedras por su construcción en forma de una columna cuyo extremo superior remata en una rueda con su agujero central, igual a los anillos para el juego ritual de pelota en las culturas antiguas mexicanas. Se informaba además de otros elementos arqueológicos cerca del pueblo de Petatlán, mientras que la estela se conservaba en su lugar original, Tecpan de Galeana.

Monolito de Tecpan

En el mismo número, el historiador coterráneo Miguel F. Ortega presentó “Extensión y límites de la provincia de los yopes a mediados del siglo XVI”. En base a documentos del siglo mencionado delimitaba la región que ocupaban los yopes y elaboraba un mapa de la misma. Al norte se encontraba limitada por el río Omitlán –uno de los principales afluentes del río Papagayo–, al sur por el océano Pacífico, al oriente por el río Nexpa o Ayutla y al poniente por el río Papagayo, en ese entonces llamado Xiquipila o de los Yopes. De acuerdo con los límites se puede decir que los yopes habitaban lo que actualmente son los municipios de San Marcos y Tecoanapa, en una superficie aproximada de 2000 km2.

Uno de los números del tomo V de 1941 estuvo dedicado expresamente al estado de Guerrero y en él se trataron diversos aspectos culturales aunque casi todos ellos referidos a la región noroccidental del mismo. Hendrichs y Robert H. Lister se ocuparon ambos, por separado, de describir e interpretar las ruinas en un cerro cercano a Acapetlahuaya (Gral. Canuto A. Neri), muy cerca de la carretera Iguala–Teloloapan–Arcelia. Hendrichs cuestionaba “¿Es el arco de Oztuma de construcción azteca?”, mientras describía la técnica de su construcción comparada con la de los restos de las fortificaciones que los aztecas habían levantado para sus luchas contra los tarascos. Al final se cuestionaba “si el arco de Oztuma es de origen azteca o si fue obra de los primeros colonos españoles”. Lister, en “Cerro Oztuma, Guerrero”, se ocupó de estudiar las extensas obras de fortificación: “trincheras”, zanjas, plataformas, bardas y una gran cantidad de ruinas de casas, pirámides y patios [que] dan testimonio de la importancia que esta fortaleza tuvo en épocas del pasado”.

Sobre el arco antes mencionado aseveró “que los aztecas no conocían el arte de construir arcos por medio de una piedra clave”, por lo que resultaba un problema su procedencia ya que no existían edificios coloniales en los alrededores. Nuevamente, en el mismo número, Hendrichs aportó en tres partes sus “Datos sobre la técnica minera prehispánica”. En vista de que no había antecedentes históricos sobre la obtención de metales, los procesos metalúrgicos y las minas prehispánicas, se dedicó a la localización de cuevas trabajadas para tal fin por los antiguos moradores en las inmediaciones del río Balsas.

De sus largos recorridos sobresalen sus datos sobre estas concavidades cercanas a San Miguel Totolapan, Ajuchitlán hasta San José Poliutla (Tlapehuala) y la cuadrilla El Tanque (Teloloapan), donde se encuentra la “Cueva del Cura”, al pie de la parte norte del Cerro del Águila (Ajuchitlán).


Arco de Oztuma en Acapetlahuaya, municipio de Gral. Canuto A. Neri.

La siguiente contribución fue la de Norman A. McQuown referida a “la fonémica de un dialecto náhuatl de Guerrero”, y se trataba de un material lingüístico recogido aprovechando un viaje que el autor hacía en unión de Pedro Hendrichs por la cuenca del río Balsas en el mes de febrero de 1941. El informante fue el señor José Terán, nativo de Ixcatepec (Arcelia), que ya no hablaba corrientemente el náhuatl y que solamente recordaba “lo que acostumbraba decir y oír cuando era todavía joven”; en ese momento el señor Terán tenía entre 30 y 40 años de edad.