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Antropología

Asimismo, Aguirre Beltrán analizó las mezclas de negros con indígenas y europeos a través del tiempo que propiciaron una intensa gama de fenotipos que llevaron a la determinación del modelo afromestizo; describió a la sociedad y la cultura local, la organización social de sus gentes, sus ocupaciones y, sobre todo, la perdurable y a veces sincrética expresión secular de sus ritos, creencias y supersticiones. Como colofón, el antropólogo recabó un extenso listado de vocablos locales expresados con la característica fonética del castellano en el habla de los lugareños.

Estas dos obras de Aguirre Beltrán –por otro lado un distinguido indigenista– han sido hasta hoy las únicas que han ganado reconocimiento general por haberse ocupado de un tema que había quedado en un plano casi de olvido en los estudios antropológicos de México. Este descuido no fue del todo intencional sino que debido al triunfo del movimiento revolucionario la reivindicación del campesino y la consecuente repartición de la tierra y el derecho a su usufructo motivaron que la antropología mexicana prestara atención prioritaria a los grupos étnicos del país.

Éstos representaban un gran porcentaje de ese México rural y conformaban un conglomerado indígena con aspectos culturales y lingüísticos de muy particular manifestación. El estudio del elemento negro, tercer componente de nuestro mestizaje biológico unido al indígena y al europeo y que nos identifica a los mexicanos, no participó de la atención de la disciplina etnológica volcada entonces hacia el campo, pero sí generó una tesis de antropología aplicada reconocida internacionalmente, en la cual participó también en forma determinante Aguirre Beltrán: el Indigenismo.

La obra etnohistórica de Gonzalo Aguirre Beltrán (1908–1996) concerniente a la población negra en el país y la etnográfica sobre la localizada en el estado de Guerrero no ha sido igualada, ni mucho menos superada, por quienes después de más de 50 años han retomado el tema apenas en los últimos tiempos.

La primera aportación al conocimiento de la demografía indígena del estado de Guerrero fue hecha por el maestro Anselmo Marino Flores (1923–1987), antropólogo físico oriundo de la ciudad de Tixtla de Guerrero.

Este destacado profesionista pertenecía a las primeras generaciones de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) y había mostrado, entre otras inquietudes profesionales una inclinación hacia los aspectos demográficos y estadísticos de la población mexicana y hacia la recopilación bibliográfica de literatura antropológica referida principalmente a su estado natal.

En 1959 apareció su estudio Hablantes de lenguas indígenas del estado de Guerrero. Generalidades demográficas, que es la primera revisión enfocada a este aspecto poblacional del estado. El maestro Marino Flores con base en el censo de 1950 y referencias comparativas con los datos de los censos de 1930 y 1940 determinó que la tendencia de la población indígena (hablantes de nahua, mixteco, tlapaneco y amuzgo) se localizaba hacia la parte oriental de la entidad, o sea, la región de La Montaña y sus estribaciones hacia la costa y que él denominó “la zona nuclear indígena del estado”.

Por ello centró su atención en las características absolutas y porcentualizadas del monolingüismo y bilingüismo indígena y español en 12 municipios, sin especificar qué lengua se hablaba en cada uno de ellos, pero tomando en cuenta otros indicadores propios de la marginalidad de este sector de la población. Los municipios estudiados fueron Alcozauca, Atlamajalcingo, Atlixtac, Copanatoyac, Malinaltepec, Metlatónoc, Tlacoachixtlahuaca, Tlacoapa, Tlapa, Xalpatláhuac, Xochistlahuaca y Zapotitlán, y sus datos registrados por el antropólogo. Todos ellos acusaron altos índices de analfabetismo, la agricultura como única fuente de trabajo, la industria registrada se refería a la manufactura de sombreros de palma y los tejidos de lana, ocupaciones que sólo les proporcionaba a los individuos “una ganancia de miseria”.

Por ende la alimentación, el vestido y el calzado resultaban sumamente precarios; la región no mostraba movimiento significativo en su población y sólo quedaba esperar la emigración de sus habitantes; el coeficiente de mortalidad era mayor a 20 por 1000 habitantes, aunque en lo personal el investigador calculaba un número mayor. Su conclusión final fue que “por las descripciones anteriores podemos darnos perfectamente cuenta de la condición desastrosa en que se encuentran los habitantes indígenas de Guerrero; su angustiosa situación reclama un Programa de Acción Socio–cultural que ayude a su desenvolvimiento”. El maestro Marino Flores fue también el autor de Distribución municipal de los hablantes de lenguas indígenas en la República Mexicana, editada en 1963.

A fines de 1961, un grupo de estudiantes de la especialidad de etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), preparaba su primera práctica de campo.

La región que se había elegido para llevar a cabo la experiencia era la Costa Chica de Guerrero, donde indígenas, afromestizos y mestizos convivían y particularizaban a esta parte de México, en ese entonces tan lejana como secularmente aislada y marcada por la leyenda ancestral de violencia.

El grupo estaba conformado por cinco alumnas y tres compañeros, dirigidos por dos maestros. Las comunidades elegidas para la práctica fueron Xochistlahuaca (indígenas amuzgos), Igualapa (indígenas mixtecos), la colonia Miguel Alemán y El Pitahayo, en Cuajinicuilapa (afromestizos) y Ometepec como la metrópoli mestiza rectora de la región.

En los primeros días de enero de 1962 los alumnos arribaron a la región procedentes de Acapulco por un abrupto camino de terracería y otros por vía aérea y se repartieron en las comunidades; de inmediato procedieron a la recolección de datos y a ganarse la buena voluntad de los habitantes de los pueblos.

Los días transcurrían y se acercaba la fecha en la cual todos se reunirían en Ometepec para hacer un balance del desarrollo de la práctica y continuar después con los estudios en cada comunidad. Sin embargo, en los últimos días de enero la atmósfera empezó a enrarecerse en toda el área; los sacerdotes católicos comenzaron a correr la versión de que tales estudiantes no eran otra cosa que “agentes del comunismo internacional” enviados para destruir “la fe en Cristo” de sus feligreses.

El párroco de Ometepec parecía ser el autor del rumor que se extendía con rapidez por los pueblos vecinos por voz de los sacerdotes locales. La alumna destacada en Ometepec, presintiendo la amenaza de violencia, abandonó el pueblo, lo mismo que otros alumnos que se habían agregado al grupo para estudiar las estadísticas de la población.

Aislados en sus respectivas comunidades, los otros estudiantes aguardaban la llegada del 4 de febrero para trasladarse a Ometepec y reunirse con sus compañeros para evaluar la práctica con sus maestros. Conforme se acercaba la fecha, los alumnos empezaron a percibir la suspicacia y cierto recelo de algunos habitantes, sentimientos alimentados por los párrocos y sus allegados, quienes eran los siempre presentes caciques regionales y ciertas “gentes de razón” apegadas al culto exterior católico.

La versión de que la movilización se preparaba “para linchar” a los estudiantes aprovechando su próxima concentración en Ometepec empezó a tomar visos alarmantes. El responsable adjunto de la práctica trató de hablar con el sacerdote y éste se negó a escucharlo. Una de las estudiantes –que se decía miembro de la Acción Católica– se trasladó a Ometepec. El sacerdote se negó a aceptar los argumentos de la joven e insistió en que todo resultaba inútil, pues la gente ya estaba avisada para concentrarse el día domingo y “tomar justicia por su propia mano”.

Mientras tanto, los dos estudiantes que permanecían en Xochistlahuaca –una joven y un varón–, el viernes 3 de febrero fueron avisados y protegidos por algunas amistades del pueblo, pues la gente empezaba a concentrarse en el atrio del templo, convocada por el párroco. Esa noche, el sacerdote del lugar y los caciques respectivos, en estado de ebriedad, conminaron a los dos estudiantes para ser sometidos a un interrogatorio denigrante.

Los términos del interrogatorio fueron tan intimidatorios que ante su evidente y total indefensión, los estudiantes tuvieron que prometer abandonar la comunidad al día siguiente, ante la advertencia del sacerdote de que no “respondería de sus vidas si continuaban en el pueblo”.

El sábado 3 de febrero, los dos alumnos abordaron la avioneta y se dirigieron a Ometepec. Habían llegado ya también las alumnas de Igualapa y el maestro titular de la práctica. Todos se alojaron en el hotel Guadalupe. Los maestros responsables se dirigieron a las autoridades civiles a solicitar protección, pues la situación se había agravado ya que gran parte del pueblo parecía estar convencido que el grupo estaba conformado por “comunistas” Algunos de los maestros estatales y federales del pueblo les manifestaron su apoyo, aunque reconocían que había cierta movilización alentada por la ignorancia de muchas personas y las prédicas absurdas de los clérigos. Hubo también que recurrir a la partida militar destacada en la región, y cuya sede era Ometepec, para solicitar su eventual intervención en el caso. Esa misma noche el hotel fue resguardado por varios elementos militares, en espera del día siguiente, que era el domingo señalado de antemano para la reunión académica de la práctica. Ese sábado por la noche balacearon la casa de un doctor que había manifestado su apoyo a los estudiantes.