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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Danzas regionales

Chichimilcos.

Esta danza representa de una forma muy peculiar la manera como se realizó el sacrificio del último emperador azteca, Cuauhtémoc. Se le conoce también con el nombre de Ahuiles, Ahuileros o Danza del Ahorcado. Se escenifica el Martes de Carnaval.

Los indígenas utilizan un taparrabo, huaraches, penachos, un átlatl o macana y escudo. Los españoles llevan pantaloncillo corto con jareta en la rodilla; camisa con olanes en la cintura, en las mangas largas y en el cuello. Medias y botines, espada, barba y bigote. Llevan los teponaxtles y las chirimías, que suenan detonando un profundo dolor, una paloma viva y papel en forma de granada para depositar el ave.

Al son de los teponaxtles y las chirimías entra en la escena un fraile con una cruz. Inmediatamente llegan los españoles formando dos filas, colocando a Cortés en el medio. Atrás lo siguen Cuauhtémoc y la Malinche. Hacen unas fogatas y se forman dos grupos. Entonces el conquistador ordena que se cuelgue al emperador azteca, interponiéndose el fraile. Por fin, es ejecutado, produciéndose lamentos y alaridos acompañados de los instrumentos autóctonos.

Los nativos, Cortés y la Malinche empiezan a bailar. Los soldados indios se tiran al suelo, las mujeres danzan alrededor del colgado con los soldados españoles. Posteriormente las mujeres descuelgan al difunto y lo suben a una parihuela; después lo pasan a un túmulo para rendirle tributo y luego ser incinerado. Alrededor de la pira bailan los danzantes, entre ellos sobresalen un caballero águila y un caballero tigre. Seguidamente las mujeres depositan unas piedras blancas sobre las “cenizas” hasta formar una pirámide. Por último todos caen de rodillas, levantando las manos al cielo al grito de Cautécatl (parecido a los matlachines).

Esta danza se localiza en Tepecoacuilco y Mayanalán.

Diablos.

Siendo esta danza de características puramente religiosas, sus orígenes se remontan a la época de la Colonia (siglo XVI), como manifestación de la labor de evangelización de los frailes que en forma objetiva querían inculcar en el indígena la religión cristiana y una nueva valoración del bien y el mal. Así, pues, dicha danza representa los castigos infernales a que se verían sometidos todos aquellos que no abrazan la fe cristiana.


Danza de los Diablos.

La danza se halla integrada por 24 participantes, que se disponen en dos filas de 12; encabeza una de las filas el Diablo Mayor, quien porta una quijada de burro, la que golpea de manera rítmica y representa el castigo a la gula y al hurto. La otra fila la encabeza la Diabla, quien con una guitarra lleva una tonadilla musical que es la que sirve de acompañamiento a la danza y representa el castigo al vicio y a la lujuria. Y otro de los diablos lleva una cajita de madera que hace sonar también rítmicamente y que significa el castigo de la avaricia, el orgullo y el dinero mal habido.

Los personajes o integrantes principales de esta danza saltarina (como se le considera) son dos: la Muerte y Lucifer, y las demás parejas de diablos y diablas, sin faltar en ella dos o tres bufones llamados huesquixtles.

El vestuario de dicha danza se describe de la  manera siguiente:

  • Lucifer: su atuendo es igual al de los demás miembros de la danza, distinguiéndose sólo por la máscara, que es más grande y terrorífica, y por considerarse el demonio más poderoso. Porta además espada al cinto y cetro.
  • La Muerte: viste un traje negro, entallado y pintado con rayas blancas, las cuales simulan los huesos descarnados. Su máscara representa a la vez una calavera riéndose y porta una guadaña.
  • El Tiempo: se cubre con harapos que cuelgan de su cuerpo; su máscara es de tipo antropomorfo, adornada con largas crines de caballo, las cuales cuelgan a manera de bigotes y barba, portando asimismo su guadaña.
  • El vestuario de los diablos se compone de calzoncillo corto y holgado, de tela de color chillante, sujeto en las rodillas y cintura con jareta; camiseta con mangas largas y la falda metida en el calzoncillo.
  • Las máscaras representan las caras de animales cuadrúpedos, lo cual queda al gusto del danzante; además usan gorro de tela de color en forma de cono largo, de cuyo vértice cuelga una borla de estambre y éste es echado hacia atrás. Dicho gorro se complementa con un par de cuernos, zapatos y medias.
  • El vestuario de las diablas de dicha danza es variado en cuanto a color y estilo, sin perder el modelo genérico de mucho brillo y colores encendidos, lucidor y vistoso, para enaltecer su participación en la danza. Su máscara representa la cara de una mujer juvenil y contrasta ésta con la de los diablos en su cornamenta. En la cabeza llevan una cabellera de ixtle pintada en colores.

Esta danza está difundida en la mayor parte del estado, presentando variantes mínimas en su vestimenta, pero no así en sus contenidos religiosos, para significar el maleficio que ronda en la vida de los hombres.

En los años 60 del Siglo XX formó un grupo de niños para integrar la referida danza, la señora Heleodora Adame, tía Lolita, llamada cariñosamente por todos los que la trataron, dedicó muchos años al cuidado de la iglesia de San Mateo; cuando no existía párroco ella se encargaba de formar las mayordomías para los festejos del 21 de septiembre y la danza de Los Santiagos  con jornaleros y campesinos; asimismo los hijos de éstos formaron la nueva danza de los llamados diablitos, que perduró mientras la señora vivió. De ahí que las danzas sean el alma de muchas comunidades que tratan de divertirse de alguna manera.

Diablos de Teloloapan.

Se conoce por tradición oral. (Los datos que se insertan enseguida fueron recabados para la revista México Desconocido).

Durante la invasión francesa en el Siglo XIX (1857) hubo una batalla entre los franceses y la gente de Teloloapan, que se mantuvo firme durante dos días, hasta una tarde en que se les terminó el agua y las municiones.

Esa noche todos se reunieron para formular un plan y decidieron espantar a los franceses usando unas máscaras de diablo que eran verdaderamente horribles y haciendo tronar sus chicotes para hacer el asunto interesante.

Así, los disfrazados se introdujeron a hurtadillas en el campamento enemigo y después de la señal de un capitán atacaron con espantosos gritos y haciendo sonar sus látigos.

Los franceses, pálidos del horror que les causó verlos, salieron corriendo y se perdieron en la profunda noche.

En esta parte norte de nuestro estado, los Diablos siguen siendo una tradición heroica, más que religiosa. El 16 de septiembre lucen en el desfile sus hermosas vestimentas muy hispanas; el cuerpo cubierto con cuero, chamarra y pantalón a la usanza del chinaco del Siglo XIX, a manera de faldón largo como cuera de montura, botas y chicote con pajuela de ixtle para producir un chasquido similar al de un fuerte trueno.

Hay siete cuernos bien empotrados en la máscara de vaqueta muy dura, mismos que simbolizan los pecados capitales: gula, envidia, lujuria, ira, soberbia, avaricia y pereza.

Es una danza teatral que tiene como objetivo  mostrar al demonio como portador de todos los pecados. Se bailaba en los teatros y mitotes que los frailes utilizaron para evangelizar.

Esta danza tiene su identidad muy propia, totalmente diferente a los otros diablos que abundan en danzas de las regiones del estado, que son juguetones, divertidos, traviesos con los niños y participan del relajo del pueblo, dejando entrever una sonrisa. Los de Teloloapan son altivos, elegantes, soberbios y vestidos como grandes señores; es el capataz el que manda y ordena.


Diablos de Teloloapan.

A continuación se agrega la información de un distinguido habitante del lugar que nos cuenta el verdadero origen de la danza:

“Son los abuelos del pueblo, herederos de las grandes hazañas y de anécdotas importantes a través de décadas, pasando por tradición oral lo sucedido y de gran relevancia, que de familia en familia se ha conservado.

“Corría el año de 1815, México vivía uno de sus momentos históricos de gran importancia: la lucha por la Independencia de México iniciada en 1810.

“Teloloapan tenía en su territorio una base militar de realistas de mucha importancia, por tener ahí una casa propiedad del general José María Calleja, que comandaba el grupo enemigo.

“Se organizaron en Teloloapan las mujeres, en una de esas casonas, para recibir al lugarteniente Pedro Ascencio Alquisiras con un grupo de guerrilleros que verían a sus mujeres por unas horas y nuevamente regresarían al compromiso de la guerra.

“Estaba el banquete preparado para recibirles cuando un grito de alerta les avisó que se aproximaban a dicha casa los uniformados del gobierno: ¡Qué hacemos, carajo! Y en ese momento una mujer hizo una propuesta: Mi compadre Lencho tiene almacenadas un montón de máscaras de diablos que le han mandado hacer.

“Ni tardos ni perezosos fueron con aquel artesano que les facilitó aquellas grotescas figuras de demonios con siete cuernos montados en vaquetas que se colocaron de inmediato, tomando los chirriones pajueleados que  servirían para armar un gran alboroto, ya que las armas eran mínimas y los enemigos numerosos.

“Se apagaron los candiles de petróleo que iluminaban aquel caserón enorme donde los gachupines al ver aquellos monstruos infernales que lanzaban gritos desgarradores y saltaban unos sobre otros para causar espanto y pavor, huyeron horrorizados.

Esta danza con el tiempo se ha consolidado y la vemos en diversas ferias de nuestro estado y en otros espacios culturales donde se les invita; son lucidores y muy profesionales en sus participaciones.

Espueleros.

Esta danza, por las características de su vestuario, pone de manifiesto la representación de los hombres del campo, en particular los que se dedican al manejo del ganado vacuno. Con toda seguridad surge en los ranchos y potreros de los grandes señores, posiblemente represente al grupo de trabajadores al servicio de los hacendados extranjeros y comuneros. Sus asalariados o trabajadores tenían la obligación de cuidar el ganado vacuno de su hacienda.

Su sombrero es de palma, tal y como lo usan los hombres del campo; sencillo y ancho, sin cubrir la cara (evitan la máscara). La camisa es de manta amarilla y de mangas largas, con las faldas sueltas. Una reata de lazar terciada al pecho. Cuelga del hombro izquierdo un machete de cinta envainado que todo campesino lleva consigo (por las dudas). Sobre el calzón de manta amarilla de uso diario llevan puestas unas chaparreras de cuero o de gamuza. Calzan zapatos, a los que van fijas unas espuelas que, al andar, producen tintineo de sus rondanas.

Por último, vemos que cada danzante lleva terciado al brazo una pequeña varita en cuya punta tiene bien fijo un gorguz, con el cual pincha al simulado torito en un pasaje del bailable hasta dominarlo. También cuenta con tres  o cuatro elementos chuscamente vestidos, quienes no necesitan preparación ni ensayo previo, puesto que su actuación es distinta a la de los demás danzantes. A éstos se les llama huesquixtles o bufones; su misión es muy fatigosa, ya que son los encargados de retirar a la gente aglomerada en torno a los danzantes para que hagan sus ejecuciones.

El torito simulado entra en acción directa y activa en uno de los pasajes del bailable, cuando éste embiste con porfía a uno de los danzantes quien a base de vueltas escabulle las embestidas hasta que, después de fatigosa lucha, domina por fin al cornudo animal.

Esta danza se acompaña con música de violín. Se localiza en la zona Centro del estado: Chilpancingo, Tixtla y Chilapa, principalmente.

Gachupines.

La granada ensartada con su color rojo vivo está al final de la punta de aquel palo largo, delgado y resistente. Ahí un indio la sostiene y la hace girar pasando al centro del círculo que ex profeso han formado sus compañeros. Son evoluciones marcadas por el ritmo de aquella música mezclada hispano–mexicana que se asienta en nuestra época colonial donde las novedades de teatro y danza estaban a la orden del día para evangelizar aquel puñado de hombres rebeldes que se resistían a dejar atrás sus ritos y costumbres indígenas llenas de religiosidad.

Danza de Gachupines.

Los gachupines son adoptados por nuestra gente mestiza que desea ridiculizar a aquellos que se han introducido en todos los cambios de su vida cotidiana. Los representan vistiendo saco y pantalón de casimir negro, gorra o cachucha a la usanza española; se colocan una máscara con los rasgos de la raza blanca; la mayoría lleva un cigarro prendido en la boca y en la mano un paliacate para poder espantar los mosquitos existentes en estas tierras cálidas del sur (actualmente ya se ha establecido como un adorno especial de la danza, que además les sirve para dar giros con sus manos, cambiando el pañuelo de gran colorido al ritmo del suave violín que los acompaña durante el desarrollo de evoluciones contrastadas). Junto a ellos, el huesquixtle (el chistoso), que juega con la multitud observadora y distrae a los chiquillos que boquiabiertos gozan de las danzas de su pueblo que se representan de tiempo en tiempo.

Las regiones Norte, Centro y la Costa Chica disfrutan frecuentemente de estos bailes.

Durante la evolución ante la roja granada cada uno toma la punta del listón de color que le corresponde para ir cruzando entre los demás, al mismo tiempo que van trenzando el palo que la sostiene; finalizan al son del violín, que llora en el rasgueo y tallar de sus cuerdas. ¡La conquista se ha dado!

Se baila en las regiones Centro, Norte y Costa Chica del estado.