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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Joyería

Ciertamente la historia de la joyería no es del todo la historia del hombre mismo, como se puede decir de los implementos de trabajo, y, por otra parte, no todo lo que adorna a una persona puede llamarse joyería, por lo que esta palabra es más común que se asocie con ornamentación costosa, generalmente elaborada con metales finos y aleaciones de éstos, además de piedras preciosas y semipreciosas, así como otros materiales también costosos, como perlas, marfil, coral, carey, concha, etc. En todos los casos, usados como adorno personal.


Centro Joyero de Iguala.

La idea de joya no es la misma en todas las culturas, ni en materiales ni en concepto, y el estudio de esos objetos ha permitido a la antropología conocer el uso de materiales y técnicas a lo largo de la historia y reconstruir ciertas actitudes sociales y religiosas. Por sus adornos puede discernirse el rango de una persona, y por sus fetiches, su vinculación de apego o temor, respecto de las deidades y los malos espíritus.

En la región conocida como Mesoamérica, de la cual forma parte el actual estado de Guerrero, todavía hasta 5000 años a. de C. no se ha encontrado ningún objeto que pueda ser considerado como adorno o fetiche; pero durante el crecimiento de las aldeas agrícolas, a partir de 2500 a 1200 a. de C., se notó un desarrollo acelerado de la ornamentación, adquiriendo ésta una importancia cada vez mayor en las culturas de dicha región, desde los inicios de la sedentarización por la agricultura, hasta la etapa de la Conquista española; el significado de esta ornamentación se ha argumentado que en ocasiones fue religioso, en otras mágico, a veces relacionado con los tótems o con funciones de fetiche o amuleto o simplemente como indicador de status económico y social; en todo caso, su estudio contribuye al mejor entendimiento de la conducta humana, pues se trata de una manifestación cultural universal que ha estado presente en todas las culturas desde los primeros tiempos y se mantiene hasta la fecha.

Desde la época prehispánica, la riqueza metalúrgica de la región mesoamericana se hizo presente en las artes del metal, como lo muestran diversos hallazgos arqueológicos; por lo tanto, es consecuente a ella el desarrollo de la orfebrería, la cual no abunda en nuestros museos por la destrucción de que fue objeto al ser fundida por los conquistadores para satisfacer su ambición de riqueza material; sin embargo, los pocos ejemplos que existen son de elocuencia suficiente para demostrar que en estas tierras existió un gran acervo metalífero y orfebrístico.

La procedencia de los metales ricos en el sur nos ha sido conservada por el códice conocido como Matrícula de Tributos y por informes del gobierno virreinal, destacando por sus considerables tributaciones en oro al Imperio de la Triple Alianza, Taxco en el primer caso y Tlapa en el segundo.

El gremio de los orfebres estaba dividido en dos grandes grupos que constituían las correspondientes especialidades: los fundidores y los martilladores (también llamados laminadores o batihojas). La orfebrería, como la actividad plumaria y la lapidaria, fue desarrollada por una “elite” artesanal; los teocuitlapizques fueron los aristócratas artesanos que, aunque en grado inferior a los amantecas o artistas de la pluma, elaboraron los maravillosos ejemplos que poseemos. Tuvieron por deidad tutelar a Xipe-Tótec, “nuestro señor el desollado”, dios de la primavera, de los orfebres y de las flores.

Los españoles trajeron nuevas técnicas para la joyería, pero recién consumada la Conquista, por Cédula Real de 1526, quedó prohibido el trabajo de orfebrería porque el Quinto Real no se cumplía debidamente y fue hasta 1551 que se vuelve a permitir dicha actividad; esta suspensión atrasó la adquisición de los nuevos conocimientos y habilidades por parte de los nativos y fue la causa principal de la baja calidad de la orfebrería del Siglo XVI.

Durante el resto de la etapa colonial, la tecnología joyera y la moda fueron dictadas desde Europa, principalmente por la metrópoli y por criollos y mestizos, prolongándose por inercia hasta la primera etapa del México independiente. Ya en plena consolidación de la nacionalidad, nuestra joyería se mantuvo un poco al margen de tanta influencia europea y se pusieron muy de moda las joyas con águilas representando el escudo nacional, en peinetas de carey, broches, colgantes de collares y hasta en dibujos de abanicos.

Después de la invasión francesa, la joyería de la élite social cambió radicalmente, copiando con exactitud los modelos que trajeron los invasores, aunque las clases medias y bajas mantuvieron durante todo el siglo sus ornamentos nacionalistas que se iban haciendo para entonces tradicionales.

Al triunfo de la Revolución, se dio un renacimiento y la joyería mestiza tuvo su mayor auge, destacando en Guerrero la producción de relicarios, aretes y cuentas de filigrana y de oro de tres colores, laminado, formando flores con perlas, corales y azabache. Iguala, especialmente, trabajó filigrana y cuentas de plata y oro laminado, y en ambas Costas, pero especialmente la del Golfo, se trabajó el carey, con hermosos decorados con incrustaciones de concha, madreperla, oro y plata.

Lograda la estabilidad social postrevolucionaria, en la tercera década del Siglo XX, nuestro país entra de lleno al juego del mercado internacional y a la vez se ve invadido por la vorágine industrial y mercantil extranjera, en ocasiones derivada de la curiosidad artística y la necesidad científica de otros países, lo cual atrajo a México a personas sensibles, receptivas y preparadas, que jugaron el papel de pioneros del buen gusto de la joyería mexicana moderna.

Como desconocidos, comienzan en la Ciudad de México los diseñadores que surtían las joyerías de la avenida Madero, antes Plateros. Más tarde, en Taxco, Guerrero, reconocido y tradicional centro de artesanos, empiezan a producirse piezas de calidad, destacando el taller de William Spratling, arquitecto norteamericano que supo combinar la estilística arqueológica mexicana con las de los esquimales modernos, logrando verdaderas obras de arte.