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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Lluvias, Petición de

En nuestro estado todavía existen ceremonias prehispánicas que se celebran por los grupos étnicos que aún predominan en 18 municipios, y que corresponden a los nahuas, mixtecos, tlapanecos y amuzgos. Los nahuas son los más numerosos, sobre todo en Acatlán y Zitlala.


Ceremonia de petición de lluvias en Zitlala (Foto: Centro de Derechos Humanos de La Montaña Tlachinollan, A. C.).

Los ritos prehispánicos se mezclan sincréticamente con católico-romanos. La cruz, para los pueblos prehispánicos, solamente representa los cuatro puntos cardinales y los cuatro elementos vitales; es sustituta de sus deidades agrícolas, Pero se ostenta como elemento primordial de la religión hispánica. Sin embargo, para el indígena la cruz por sí sola no tiene poder; y aunque es llevada a los lugares sagrados en las fechas tradicionales y ante sus dioses, son los ritos sagrados llevados a cabo en los cerros, las barrancas, las cuevas y los pozos los que tienen validez para que las ceremonias propiciatorias de lluvia tengan mayor efectividad.

La petición de lluvias comprende ritos, rezos, procesiones y danzas, para que no escasee el agua en pozos y manantiales; para obtener una buena cosecha; para que no se sequen los ríos; para que llueva y terminen los estragos que causa el calor.

Al finalizar el mes de abril y al inicio del mes de mayo, se realizan los ritos propiciatorios de lluvia,ceremonia de petición de lluvia, o de la Santa Cruz. Esos ritos son similares entre etnias. Suben a las cimas de los cerros, bajan a profundas barrancas, entran a cuevas, riegan con sangre de animales, ofrendan en pozos.

En Acatlán y Zitlala se festeja en forma independiente pero simultánea. Cada una con sus ritos, pero con el mismo fin: la petición de lluvia. Los preparativos se inician los últimos días de abril. En todas las casas de las comunidades se adornan altares con ofrendas en honor a las semillas que se utilizarán en el próximo ciclo de siembra.

Los auxiliares del comisario limpian el Cruzco, cerro sagrado donde se realizan las ceremonias; otro grupo realiza la colecta de verduras, animales y granos que serán utilizados para la comida comunal (huentle, huentli); mientras tanto, los tlacololeros y tecuanes o tigres están terminando de preparar su indumentaria y máscaras de danza.

El 1 de mayo se inicia la ceremonia; la iglesia del pueblo se llena con gente que acude a bendecir sus altares y a dejar las ofrendas y limosnas; las plegarias y los rezos sirven para pedir a las deidades una buena temporada de siembra y cosecha. El tambor y una flauta de carrizo acompañan a los tlacololeros; el “rugido” de los tecuanes invade el ambiente.

En todo el día la gente entra y sale de la iglesia de la comunidad.

El 2 de mayo es el día más importante para el ritual. A la salida del sol, hombres, mujeres, niños y ancianos inician la marcha hacia el Cruzco o al Zitlaltépetl. Allí adoran a los animales míticos del agua y del aire, relacionados con la llegada de un buen temporal.

Los cerros sagrados se adornan con tres grandes cruces que se empotran en pequeñas construcciones de piedra; ante ellas acude toda la gente a dejar sus ofrendas, flores y veladoras.

Llegado el mediodía, las cruces quedan totalmente cubiertas por las ofrendas y flores formando un penacho multicolor. Entran en escena una serie de rituales de origen prehispánico: el sacrificio de gallinas en la piedra sagrada, la que es adornada con flores y copal, y en donde se sacrifican decenas de estas aves, derramando la sangre del primer ejemplar sobre la piedra; el compromiso simbólico de los hombres tigre con las mujeres solteras, donde el tigre (tecuán) entrega las flores de tomoxóchitl (flor de espinas) a la mujer que le gusta.

Se suceden las peleas de los tigres y otras danzas esenciales para la petición de lluvias, pues, según la creencia, de ellas depende el equilibrio ecológico y social de las comunidades. Varias parejas de hombres vestidos de tigre se enfrentan a golpes, simbolizando la fuerza y fertilidad de la tierra; existe la creencia de que entre más golpes se den y más sea la sangre derramada, mayor será la fertilidad de la tierra y la abundancia de las cosechas. Por ello, hay gran cantidad de peleas de tigres mientras dura la festividad. Los tecuanes llevan como terrible arma, además de sus puños, una reata endurecida con brea, con la punta abultada, como si se tratara de un mazo.

Gritos, insultos y ayes de dolor se mezclan con cánticos, rezos, incienso, mezcal y comida; todo en un absoluto respeto hacia las deidades.

Para los nahuas, los mixtecos, los tlapanecos y los amuzgos, la petición de lluvia no es una ceremonia más. Por el contrario, tiene una estrecha relación con su vida diaria, pues así se mantienen contentas a las deidades relacionadas con su propia supervivencia. No olvidemos que su existencia, cuya base principal es la agricultura de temporal, no es muy abundante y segura; por ello, en las ceremonias de esta índole ven uno de los pocos caminos para seguir subsistiendo en ese medio hostil que es la montaña de Guerrero.

Otras comunidades realizan la misma ceremonia, y algunas en fechas diferentes; por ejemplo: en Ayahualulco existe un impresionante monolito llamado Tesaiac (cara de piedra) que es también conocido como San Marcos, San Agustín o Virgen de la Candelaria, como lo nombran los habitantes de Atzacoaloya. Depende del pueblo que lo visite. En la misma localidad de Atzacoaloya, donde existen muchos lugares sagrados, hay uno que tiene importancia primordial: el cerro de Teogolín (Dios se mueve). La leyenda cuenta que muy cerca de éste vivía un indio mexicano, delgado, de barba rala, que siempre iba desnudo; tan poderoso era que podía dar riquezas, salud o enfermedad; muchos peregrinos acudían a pedir favores, y vivía de la fruta, maíz o frijoles que le daban a cambio de la ayuda que proporcionaba; le llamaban Jesús, el Salvador.

En tiempo de lluvias, del Teogolín baja mucha agua hacia Atzacoaloya, y en tiempo de secas hasta el agua de los muchos manantiales que existen se agota. El 8 de mayo es el día que se acostumbra subir a la cima del cerro. Los mayordomos preparan el huentle (Azt. huentli, ofrenda de cosas comestibles); cohetes y “cámaras” anuncian profusamente el ascenso.

Niños adornados con flores tocan el teponaztle, y la gente inicia la subida, llevando jitomates, cebollas, limones y sal, para hacer la llamada ensalada con agua. Ya en la cima, se matan gallinas y guajolotes, y la sangre de éstos es regada en el manantial para que el agua que sale no se agote. Más tarde, se comen tamales y la ensalada con agua, se bebe mezcal y se danza: hombres con hombres y mujeres con mujeres.

El 1 de enero se asciende al cerro de Tesquitzín (esposo de la Tesquitzina), porque sólo ese día el Tesquitzín anuncia el buen o mal temporal; los sacerdotes observan las formas de las nubes y descifran el mensaje, que comunican luego a los concurrentes.

También existe un árbol llamado cuauquiyahue, del cual se dice que “avisa cuando va a llover. Cuando sus hojas se mojan y hasta escurren hilillos de agua debajo de él, con seguridad lloverá en tres días”. Los lugareños aseguran que nunca miente.

En Tixtla, aproximadamente a 3 km de la población, existe el Cerro de Pacho (espía, vigilante). En este lugar, como en el cerro de Xomislo o Chomizlo, de la localidad de Metlalapa, la ceremonia inicia el 1 de mayo. En el primero, las ofrendas consisten en flores, mezcal, cigarros y pan. El pan se quema en sahumerios “para darle de comer a los vientos”. Se realizan rosarios ante la cruz, mientras se prepara un petate tendido en el suelo, al que se rodea de flores de cempasúchil. Sobre él, se colocan recipientes conteniendo mole y carne de guajolote, cigarros, mezcal y tamales. Un grupo de personas rodea a los mayordomos; todos se sirven mezcal, y, juntos, lo tiran hacia arriba, al aire, por tres veces; tres veces también se toman las copas. Poco antes de la comida, el huentli es ofrecido por las mujeres en una danza especial. Éste se compone de mole, tamales y mezcal, que se reparten a cucharadas de boca en boca de los concurrentes, al ritmo de la música.

Por su parte, los habitantes de Metlalapa y los del barrio de El Fortín, de Tixtla, ascienden al cerro sagrado de Chomizlo, llevando velas, flores, cohetes y copal. Los pueblos unen sus estandartes, y entre cantos y rezos llegan hasta la cruz; ya aquí, predomina la voz del teponaztle, mientras se quema copal en los sahumerios. El investido sacerdote y los mayordomos sacrifican un chivo joven, al que cuecen en una piedra y luego lo ofrendan a la cruz. Tiran pétalos de flores al viento; los danzantes bailan sin descanso; los tamales, el pan, las cazuelas de mole y el mezcal se colocan al pie de la cruz y, posteriormente, todo es consumido por los asistentes.