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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Independencia, Guerra de, en el hoy estado de Guerrero




Introducción.

Al comenzar el Siglo XIX, la Nueva España acumulaba la experiencia de casi trescientos años de explotación colonial. Esa experiencia –profundamente opresiva y dolorosa para la inmensa mayoría de la población, aunque no siempre se requiriese de la violencia armada para generarla– permeó todos los ámbitos de la vida social y definió rasgos del comportamiento colectivo que son plenamente identificables aún en este 2009.

La expoliación económica, la sujeción política, la supresión de numerosas formas de vida y la imposición de otras, el traslado unilateral de instituciones, el uso arbitrario de los recursos y la desigualdad social profundizada configuraron un marco propicio a la primera gran revolución popular de la América hispana.

El movimiento que el 16 de septiembre de 1810 encabezó don Miguel Hidalgo fue, en lo fundamental, súbito, anárquico, desorganizado, pero profundamente esperanzador. No hubo un plan por escrito, es cierto, pero hubo razones suficientes para que estallara el resentimiento y la cólera contenidos en las masas trabajadoras. La afirmación de don José María Luis Mora en el sentido de que fue una lucha “perniciosa y destructiva del país” ofrece numerosos elementos a la reflexión; por lo pronto cabría preguntarse: ¿para quiénes fue perniciosa: para los oprimidos o para quienes veían amenazados sus privilegios ancestrales? ¿No es toda revolución social, en el fondo, la búsqueda de una nueva concepción del derecho y la justicia, que precisa de remover los cimientos del orden establecido?

La Guerra por la Independencia Nacional pone en el escenario al peón de la hacienda, a los campesinos, a los indígenas, a la plebe de las ciudades, a una buena cantidad de criollos ilustrados, los vuelve actores de su propia historia, ahí donde sólo habían sido víctimas del acontecer cotidiano.

Hidalgo es el “vocero de los pobres”. En su palabra ellos encuentran reflejados sus “anhelos y realidades”, sus necesidades y aspiraciones más sentidas. Por eso lo siguen y lo proclaman Generalísimo; y el Padre de la Patria responde a los reclamos de los humildes denunciando el sistema de explotación ejercido por los europeos y reivindicando para la Nueva España los derechos de cualquier otra nación sometida a la Corona; abroga los tributos que pesan sobre el pueblo; suprime la distinción de castas; declara abolida la esclavitud; piensa en un Congreso compuesto por representantes de los ayuntamientos de las ciudades y villas; y restituye a las comunidades indígenas las tierras que les pertenecían. En otros términos, la Guerra por la Independencia fue la oportunidad concreta que el pueblo se dio para intentar, al menos, la supresión del “orden social opresor encarnado en los ricos europeos” (Luis Villoro, 1977).

En este ideario habrán de reconocerse Morelos, Guerrero y todos los patriotas surianos que desde aquel 1810 sumaron sus esfuerzos en aras de la libertad.

El espacio geográfico que corresponde actualmente al estado de Guerrero ha sido escenario de acontecimientos fundamentales de la historia  nacional. Sus habitantes tienen una tradición de lucha que abarca siglos y que constituye un elemento clave para comprender los afanes libertarios y de transformación del pueblo mexicano. Como en pocos lugares del país, en el área de nuestra entidad se vivió con singular fuerza el conflicto político, militar y social que caracteriza a la Guerra de Independencia, desde 1810 hasta su consumación formal en 1821; más todavía: según la historiadora María Teresa Pavía Miller “en lo que hoy es el estado de Guerrero se desarrolló la mayor parte de la lucha insurgente en contra del dominio español” (Anhelos y realidades del Sur en el Siglo XIX, ed. 2001, pág. 29).

Los párrafos siguientes son apenas un apunte en dos direcciones específicas: la lucha armada en el sur durante el periodo 1810–1821 y la ideología que comparten quienes participaron en ella desde la insurgencia. Si bien las notas destacan el liderazgo de Morelos y Guerrero y los convierte en eje de la exposición, debe quedar claro que se trata de un recurso que permite representar en ellos al actor principal: el pueblo mexicano empeñado en conseguir su libertad.

Antecedentes y causas.

Antes de que el movimiento de Independencia comenzara en el pueblo de Dolores y, de hecho, durante los tres siglos de dominación, en el amplio espacio del Virreinato las inconformidades en contra del poder establecido fueron frecuentes; se expresaron de manera pacífica o violenta y tuvieron como trasfondo “el uso y el abuso irrestricto, por los españoles, de los bienes individuales y comunales de los aborígenes” y demás grupos oprimidos. Los textos dan cuenta de varios alzamientos populares armados, que demuestran la existencia de conflictos graves al interior de la sociedad novohispana, en años y lugares muy diversos: los hubo desde tiempos muy cercanos a la caída de Tenochtitlan, hasta otros que se produjeron en la segunda mitad del Siglo XVIII y en los comienzos del XIX; los hubo lo mismo en el sureste que en el norte del territorio actual de la República; algunos tuvieron propósitos esencialmente reivindicadores de agravios cometidos por la autoridad o por particulares poderosos, en tanto otros constituyeron verdaderos intentos independentistas, aunque de carácter local o regional.

La Enciclopedia de México (edición de 1987, págs. 3645 y 3646) da cuenta de diez  sublevaciones indígenas acontecidas en la Nueva España; las describe brevemente y las sitúa en el tiempo y en el espacio. Por su parte, el maestro Agustín Cue Cánovas en el libro Historia social y económica de México (edición de 1967, págs. 182–187) enumera hasta cien casos, y dice al respecto: “Estas numerosas y constantes rebeliones y alzamientos principalmente de indígenas y hombres de casta ocurridos durante la época colonial crearon en grandes masas de población explotada un espíritu revolucionario vigoroso, como no ocurrió en ninguna otra colonia de España en América, antecedente y factor determinante del gran movimiento de emancipación iniciado en el año 1810”.

Si bien en las obras antes mencionadas o en la Historia general de México (tomo 2, edición de 1977), publicada por El Colegio de México no se incluyó como antecedente de la Guerra de Independencia algún levantamiento ocurrido en el territorio que actualmente ocupa nuestro estado, sabemos de confrontaciones (que en nuestra opinión son importantes) entre comunidades indígenas y las autoridades españolas y sus grupos armados. Así, por ejemplo, se tiene conocimiento de que apenas concluida la primera década de la Conquista los españoles habían sofocado ya violentamente dos rebeliones: una en Zacatula y otra en San Luis Acatlán; la primera, surgida en los astilleros de ese lugar, ocasionada por las vejaciones y la explotación; la segunda emprendida por los yopes en un intento por recuperar su independencia.

En libro reciente (Campesinos y política en la formación del Estado Nacional Mexicano. Guerrero, 1800–1857, edición 2001), Peter F. Guardino ha documentado, a partir de fuentes primarias –principalmente archivos–, algunos conflictos que se presentaron a lo largo del periodo colonial, sobre todo en comunidades que hoy día forman parte de las regiones Tierra Caliente, Costa Grande, la Montaña y Norte. Moisés Ochoa Campos, por su parte, afirma que aún “... no finalizaba el Siglo XVIII, cuando ya diversos pueblos de las regiones de Chilapa, Tlapa, Mochitlán y Quechultenango, habían presentado enérgicas demandas al gobierno virreinal, en defensa de sus tierras usurpadas por los españoles”.

Hay evidencias, pues, por las investigaciones realizadas, de que la situación de profunda injusticia que permeó la vida colonial no fue ajena en modo alguno a las comunidades del sur del país. Y esta realidad, sin duda, es elemento clave cuando se trata de explicar por qué las comunidades campesinas se unieron a Morelos y Guerrero, y tuvieron una participación activa en la Guerra de Independencia.

A los antecedentes y causas internas habría que agregar, como hecho importantísimo por su significado y consecuencias, la invasión de España por tropas francesas en marzo de 1808. Uno de los primeros resultados fue la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando VII, y la supeditación de ambos a las decisiones del emperador Bonaparte. “La cabeza del imperio más grande de la cristiandad parecía haber renunciado a su dignidad y orgullo”, según dice Luis Villoro; y la Corona pareció alcanzar su mayor degradación cuando en Bayona se firmaron los tratados por los cuales Francia adquiriría todos los derechos sobre España y las Indias. El acontecimiento fue inusitado: “Por primera vez desde la invasión musulmana en 711, España había sido invadida por una nación extranjera”, afirma Carlos Fuentes (El espejo enterrado, pág. 258); los Borbones habían perdido el trono; el pueblo español ya no era gobernado por españoles, y tenía ahora que sufrir una tiranía extranjera encarnada en la figura de José Bonaparte (el apodado “Pepe Botella”).

El pueblo español enfrentó a los invasores con las armas; además, se organizó en juntas de ciudadanos que tuvieron siempre como propósito central la defensa de la nación. Al mismo tiempo, la ausencia de los monarcas planteó un asunto fundamental: ¿en quién reside la soberanía, si el trono está vacante? La respuesta se daba en los hechos: la soberanía recae en el pueblo, y éste la ejerce ante el vacío de poder que se vive.

En la América española el orden establecido también se trastocó. Si no hay rey en España, ¿no eran las colonias españolas independientes? ¿No tenían los pueblos de este continente el derecho a ejercer también su soberanía? ¿O debía actuarse en nombre de la Corona pero contra Napoleón? (Fuentes, 1992). En el caso de la Nueva España la respuesta a estas preguntas se expresó a través de dos tendencias: la de los europeos, preocupados por la posible pérdida de sus incontables privilegios; y la de los criollos acomodados y de clase media que advertían el cambio de situación y la oportunidad de lograr reformas políticas.

El Ayuntamiento de la Ciudad de México –bastión de los criollos letrados– habría de jugar un papel central ante el problema real (no teórico) que se vivía. En el debate, Francisco Primo de Verdad y Francisco de Azcárate reconocerán el derecho de Fernando VII a la monarquía y no le negarán obediencia, pero harán consideraciones trascendentes: invocando la doctrina del pacto social, señalarán que el dominio sobre la soberanía corresponde a la nación; que ésta la ha otorgado al rey y, por tanto, el rey no puede manejarla a su arbitrio; en consecuencia, las abdicaciones de Carlos y Fernando son nulas.

Con esta posición, el ayuntamiento “... no sostiene ninguna tesis revolucionaria ni pretende alterar el sistema de dependencia. La nación no puede, según él, desconocer el pacto de sujeción a la Corona; pero puede darse la forma de gobierno que necesita en las actuales circunstancias. Por consiguiente, la autoridad no subsiste, ausente el monarca, en el virrey y en la Real Audiencia, sino en el conjunto de la nación novohispana. De hecho, los acontecimientos de España han hecho patente que el fundamento de la sociedad no es el rey sino la nación”. (Luis Villoro, 1977).

Como forma de gobierno, el ayuntamiento propuso al virrey José de Iturrigaray el establecimiento de una junta de ciudadanos o “congreso” que ejerciera el poder y reconociera a Fernando VII como legítimo soberano. Los europeos (hacendados, comerciantes y alto clero) reaccionaron con violencia ante esta nueva situación, donde ya empezaban a escucharse las palabras “independencia” y “república”. El virrey fue destituido el 15 de septiembre de 1808, y unos días más tarde (el 4 de octubre) el licenciado De Verdad murió “... en las cárceles del arzobispado... en circunstancias que hicieron sospechar que había sido asesinado a causa de sus ideas”. (Enciclopedia de México, t. 19, ed. 1988).

Dos años después, en 1810, la invasión francesa en España se había profundizado. Mientras tanto, en Nueva España, reuniones conspirativas se producían en diferentes ciudades (San Miguel, Celaya, Guanajuato, San Luis Potosí, etc.), y la de Querétaro –disfrazada de tertulia literaria– habría de tener su momento estelar el 16 de septiembre de ese año.