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Ménez Campuzano, Crisóforo

Abogado y poeta. Nació en Teloloapan a principios de 1880; murió muy joven en el mismo lugar. Fueron sus padres José Ménez y Felícitas Campuzano.

Crisóforo marchó a la Ciudad de México para realizar estudios, titulándose de Licenciado en Derecho. Regresó a Teloloapan, en donde ejerció su profesión. Destacó entre la sociedad teloloapense, por lo ameno de su conversación, rectitud y capacidad profesional.

Adquirió buena fama de poeta; de su obra literaria, se conservan aún algunos de sus poemas, como “Cuento de Nieve”, “Nota gris”, “Bronce”, y otros más. El primero de ellos aparece registrado en la obra Teloloapan entre el tezcal y la sal, monografía municipal publicada en 2002, coordinada por Jesús Guzmán Urióstegui.

Se enamoró de una hermosa mujer de expresivos y bellos ojos y desenvuelta personalidad, quien encabezaba el elenco artístico de un grupo de teatro llamado Esquilo.

Al principio, la joven Leonor Cuevas lo aceptó como novio y –según cuenta la gente– formaban una bonita y feliz pareja; más tarde, por motivos que no trascendieron, él fue rechazado por la dama, quien le dijo que deseaba terminar el noviazgo.

El licenciado Ménez, ante esa dolorosa situación, que le hirió profundamente, sufría su desamor en la soledad de su hogar, confiando su pena a doña Felícitas, su señora madre, quien, sin poder ayudarlo, lo veía llorar por los desprecios que recibía de la bella Leonor.

Meses después, convencido de no poder recuperar jamás a su amada, tomó la determinación de dejar este mundo, y un día del mes de octubre se suicidó de un balazo en la sien.

A pesar del tiempo transcurrido, en Teloloapan se le recuerda como el poeta enamorado que prefirió la muerte a vivir sin su amada. De lo poco que aún queda de su obra literaria, se incluye uno de sus poemas más conocidos:

Cuento de Nieve

Tiene fragilidades de vidrio mi memoria,
yo no recuerdo el pueblo donde pasó esa historia...
En el lugar que ignoro, cuentan que había una moza
bella como un idilio, suave como una rosa
como alborada nívea que abre un divino broche,
labios, color de sangre; ojos, color de noche;
su cabellera luenga era sedosa y bruna
y era su tez tan blanca, como fulgor de luna;
y en la gloriosa curva de sus gloriosos años
no había ni angustias crueles ni crueles desengaños
y primavera en todo, reverdecían los campos.
¡Qué plenitud de luces! ¡Qué centelleos de lampos!
¡En su divina frente, qué juguetear de brisas!
¡Y en su graciosa boca, qué floración de risas!

Y la princesa joven de corazón amante
dicen que quiso mucho; él, era un estudiante
de ésos que cruzan tristes por su sendero yermo
y que tan sólo llevan el corazón enfermo.

Y era muy bella y buena, como dice el canto,
y aunque la coincidencia rara, mi bien, te asombre,
se te parece mucho, se te parece tanto,
que si mal no recuerdo lleva tu mismo nombre.

El estudiante joven de corazón amante
dicen que quiso mucho; de su alma huyó el hastío

ella le dio su vida: todo un divino encanto,
se le quitó lo enfermo y, óyeme, aquel sombrío,
se me parece mucho, se me parece tanto
que hasta según me cuentan era su nombre el mío.

Y en el delirio vago de esta pasión me pierdo...
vieras cómo esa historia por recordarla lucho...
... acabo de olvidarla, más lo que sí recuerdo
es que hasta después de muertos se idolatraron mucho.

(FLE)