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Montemayor, Carlos

Humanista y escritor polifacético, cultivó la poesía, la narrativa, el ensayo y la traducción. Nació en Parral, Chihuahua, en 1947, y murió el 28 de febrero de 2010 en la Ciudad de México.

Hizo sus estudios primarios, secundarios y de enseñanza media en su estado natal. Después, estudió Literatura Iberoamericana en la UNAM; latín y hebreo, en El Colegio de México. Fue becario (1968-1969 y 1973-1974) del Centro Mexicano de Escritores, luego de la Fundación Rockefeller y del Fideicomiso para la Cultura México/EU; director de Difusión Cultural de la UAM y de la revista Casa del Tiempo (1982-1985). Colaboró en los suplementos de El Heraldo de México, El Universal y La Jornada; en las revistas Diálogos, Plural, Bellas Artes, Proceso, Revista de la Universidad y Equis, de la que fue cofundador. Fue miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española.

Trabajó en proyectos literarios para las comunidades indígenas mixes, zapotecas, chinantecas y mayas; profesor emérito de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (1995), doctor honoris causa por la Universidad Iberoamericana y miembro honorario de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas (1996). Participó en el Consejo Científico Internacional para la edición, por la UNESCO, de 110 obras clásicas de la Literatura Latinoamericana del Siglo XX.

Entre sus obras destacan, en relato: Las llaves de Urgell (1971), Cuentos gnósticos (1985)y Operativo en el trópico (1994); poesía: Finisterra (1982) y Poesía 1977-1996 (1997); novela: Mal de piedra (1981), adaptada al cine en 1986, Minas del retorno (1982) y Guerra en el paraíso (1991); ensayo: Los escritores indígenas actuales (1991) y Arte y trama en el cuento indígena (1999); y crónica: Chiapas, la rebelión indígena de México (1998). En 1987 aparecieron sus traducciones de la poesía de Safo (primera edición completa en lengua española) y de Carmina Burana. Antes había hecho las versiones de los himnos líricos y elegiacos de los griegos.

Ganó, entre otros, los premios Xavier Villaurrutia (1971), Alfonso X de Traducción Literaria (1989), José Fuentes Mares (1990), Premio Narrativa Colima (1991), de Ciencias y Artes del Estado de Yucatán (1993) e Internacional de Cuento Juan Rulfo (1994).

La Editorial Seix Barral, de México, le publicó en 1991 Guerra en el paraíso, una novela de corte político, concentrada en la campaña guerrillera de Lucio Cabañas en la sierra de la Costa Grande de Guerrero durante los años 1971-1974. Compuesta a la manera de una tragedia clásica, con varios protagonistas reales –Lucio, el general Hermenegildo Cuenca Díaz, el senador Rubén Figueroa Figueroa, el subsecretario Fernando Gutiérrez Barrios– y un verdadero coro de campesinos, guerrilleros, militares, policías, funcionarios y periodistas, constituye una rigurosa reconstrucción literaria de dramáticos hechos de nuestra historia reciente. El relato está enfocado a atrapar la dimensión humana de una zona oscura y fragmentada de la memoria mexicana.

La reconstrucción que hace Montemayor de esa lucha emprendida por el profesor Lucio Cabañas y sus compañeros abarca no sólo el ámbito de la sierra y los poblados, sino que también penetra en las oficinas de los funcionarios que dirigían la guerra sucia: nos da sus nombres, nos los muestra en acción, decidiendo sobre vidas y futuros.

Guerra en el paraíso es sin duda un documento testimonial, porque describe la verdad de los hechos ocurridos. Para el autor, la verdad sólo se roza a través de la suma de todas las versiones de los hechos y con la recreación de los “lenguajes vivos” de las partes antagónicas. Y la literatura, la prosa artística, es la única que logra esta suma, que refuta cualquier verdad “oficial”.

Es sabido que el movimiento armado mereció apenas menciones reiteradas en la nota roja, exaltando con inquina las acciones de los rebeldes, antes que las múltiples atrocidades cometidas sobre la población por el ejército, la Dirección Federal de Seguridad y otras corporaciones de carácter paramilitar. Si Montemayor se compadece de su personaje (Lucio), es un elemental acto de justicia para alguien que recibió el trato de delincuente por parte de la autoridad y sus intelectuales a sueldo. La novela nos deja sentir el trasfondo ideal del movimiento, el cual perseguía la defensa de los pueblos frente a la explotación, la injusticia y la pobreza. Lucio tuvo que escoger el camino de la rebelión armada para poner freno a una larga cadena de infamias sobre el pueblo indefenso.

La novela suscita el interés del lector por el enjambre de sucesos que configuran las 380 páginas; muestra las divergencias perturbadoras entre los sistemas de poder y la convivencia entre los hombres del campo. La mayor parte de los nueve capítulos de Guerra en el paraíso tiene la constante del paisaje de la sierra donde actúa la guerrilla: ríos, aves, plantas y flores; asimismo, va intercalando la situación de la guerrilla o la del ejército, según sean las maniobras, con paisajes de lluvia y tormenta, mosquitos, arroyos, ríos crecidos; o bien, noches tranquilas, el firmamento con estrellas o con una oscuridad total.

La narración empieza con los secuestros realizados por los cabañistas, y las conversaciones entre los responsables de las secretarías de Gobernación y la Defensa Nacional sobre la estrategia para enfrentar la emergencia de la guerrilla rural en Guerrero. Continúa con las series de emboscadas tendidas por la Brigada Campesina de Ajusticiamiento a los militares entre 1972 y 1973; pasa, luego, al secuestro del senador Rubén Figueroa, consumado el 30 de mayo de 1974, y su rescate, por obra del ejército, el 8 de septiembre siguiente. En la última parte, que abarca desde agosto al 2 de diciembre, se cuentan las vicisitudes de los enfrentamientos decisivos entre los combatientes del Partido de los Pobres y el Ejército Nacional.

En 2009, le fue otorgado el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el campo de lingüística y literatura (reconocimiento que compartió con Hugo Hiriart y José Luis Rivas).

Según su esposa, Susana de la Garza, cuatro meses antes de morir y luego de enterarse de su enfermedad, Carlos Montemayor “tuvo tiempo de planear muchas cosas…” Uno de los deseos que externó fue que parte de las cenizas de su cuerpo se esparcieran en su natal Parral, Chihuahua, y otras en la sierra de Guerrero, “en algunos de los escenarios que el autor describe en su novela Guerra en el paraíso…” Se negó también, a partir de ese momento, “a recibir reconocimientos institucionales”.

Durante “el sencillo pero multitudinario y emotivo homenaje que le rindieron sus colegas de la Academia Mexicana de la Lengua”, el historiador Miguel León–Portilla recordó a Montemayor como “un luchador decidido por las mejores causas de México…, (como) un mexicano entregado a su tierra… Que muera un amigo así,… es una de las pérdidas más grandes que yo he experimentado en mi vida”.

Julio Hernández López, periodista de La Jornada (de donde hemos recuperado éste y los dos párrafos anteriores), escribió en su columna “Astillero” del 1 de marzo de 2010: “La muerte del autor de Guerra en el paraíso ensombrece a un México necesitado de voces lúcidas, críticas sensatas, que ayuden a entender la realidad y a luchar por cambiarla. Comandante de las letras, guerrillero del pensamiento, cantor y poeta, Carlos ha llegado ya, en paz, al Monte Mayor”.

El mismo diario cerraba el Editorial del primer día de marzo de 2010 con la expresión siguiente: “Al país va a hacerle mucha falta su pasión social y su rigor analítico, su creatividad y su serenidad, su independencia y su compromiso. Se nos ha muerto un imprescindible”.

(BM)