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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Mora Gutiérrez, Rubén Ramón

Poeta. Nació el 31 de agosto de 1910 en Santiago Cuautepec, de la Costa Chica; murió el 22 de junio de 1958 en Chilpancingo; sus restos reposan en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Hijo del general Isidoro Mora Torreblanca y de Benita Gutiérrez Blanco.

Quedó huérfano de padre a los cinco años de edad. Don Isaías Lobato fue el maestro de primeras letras; concluyó la primaria en Ayutla y estudió tres años en el Seminario Conciliar de Chilapa, donde recibió digna herencia de aires humanistas.

Se traslada a la Ciudad de México e ingresa a la Escuela Secundaria 7. En el Colegio Español, se afana en la práctica comercial, 1926–1928; y se inscribe en la Escuela Nacional de Maestros.

Regresa a Guerrero en 1930. Es autodidacta. Prosperan en él la cultura grecolatina y las letras hispanas; capta los horizontes, la palabra del pueblo, y surge la vívida fuerza del poema.

En su pueblo nativo, sufre la amargura del amor perdido; se inspira y crea La potranquita, 1933, donde se oye la queja de la vida.

La potranquita
(De la novela Amar es pecado)

 

Yo quise lazar a una
linda potranquita ingrata
en una noche de luna,
y por mi mala fortuna
se me hizo coca la reata.

Lazadores de la pampa
la vieron dar la estampida
y prendados de su estampa,
cerraron con una trampa
la vereda de su vida.

Potranca de mis amores
que no pude manganear,
porque hubo otros lazadores
que más listos y mejores
me ganaron a lazar.

Yo quise ser el primero
que te pusiera la silla;
pero nunca falta un pero
que haga un cuatro tan cuatrero
de una cosa tan sencilla.

Ya no me podrán tumbar,
reparando, tus antojos,
ni podré ya disfrutar
del placer de cabalgar
sobre el andar de tus ojos.

Pero tú también perdiste,
para evitar el contraste
en mi vida siempre triste,
la silla que no luciste
y el freno que no gustaste.

Y aunque he vivido muriendo
por tu carita de cielo,
como lo has venido viendo,
¡si en mi vida hay un remiendo,
los dos quedamos al pelo!

Como no pude poner
aquella trampa sin cuate
donde viniste a caer,
no llegarás a saber
el sabor de mi mecate.
Y yo, que entre lazadores,
para mi mal, te dejé,
potranca de mis amores,
como otros son tus señores,
¡justo es que camine a pie!

Vive al día. Es agente de ventas en la casa comercial del señor Tejedo, en Acapulco; da clases de Español, 1940–1941; lee y puebla su alma de imágenes.

Acapulco, Chilpancingo y la Costa Grande circundan sus caminos y lo ayudan a encontrarse a sí mismo.

Imparte diversas materias en el Colegio del Estado, 1946; y cursos de Español, Historia de la Literatura Española y Mexicana. Hace dúctil el encuentro con las etimologías.

Contribuye a que muchos jóvenes se aficionen en el dominio del verso y la palabra hablada. Traía en la memoria aquel ilustre discurso sobre la Biblia, de Juan Donoso Cortés. Orientaba en la lectura.

En la calle Amado Nervo, barrio de San Mateo, de Chilpancingo, durante alguna época vivieron a escasos cincuenta metros de distancia dos estupendos creadores: Rubén Mora Gutiérrez y José Agustín Ramírez Altamirano. Amistad productiva, protegida por los acordes del piano y la metáfora lúcida del soneto y del sonetillo.

Pugnaba por publicar un libro. Es paradójico decir que era poeta sin libros, y con lectores. Muchos jóvenes y personas mayores sabían sus poemas. Ya iba el poeta de voz en voz.

Tres ediciones se concretaron de una antología que él mismo preparó; en la cuarta, se agregaron la novela Amar es pecado, y Canto criollo (feria de motivos guerrerenses y otros caprichos).

Para conmemorar el primer aniversario de su muerte, el 21 de junio de 1959, en el salón de recepciones del Palacio de Gobierno, Juan Pablo Leyva y Córdoba y Arturo Nava Díaz hicieron uso de la palabra. Antes, se habían dividido el trabajo: por eso, las “Palabras preliminares” sirven de prólogo, y “Ala y raíz en la obra poética de Rubén Mora”, de epílogo.

En el “Canto criollo”, “El tlacololero”, “El esclavo negro”; en los poemas patrióticos; en los de amor, los de vida y los vernáculos, en toda su obra, se concluye que está la esencia de nuestra tierra suriana.

Toca al poeta Arturo Nava Díaz decir la oración fúnebre, donde manifiesta el legado para la juventud, que se traduce en la cultura, en la conciencia de la cátedra, la inversión de innumerables horas en crear literatura, pues tuvo la facultad de entregar a los hombres el misterio de la inspiración.

Escritores Guerrerenses, A. C. publicó, en el número 5 de la Biblioteca Guerrerense, su obra Rubén Mora, prosa y poesía, México, Lito Editorial Comercial, diciembre, 1998, 770 pp.

(AND/JGCL)