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Picaluga, Francisco

Marino de origen italiano, nacido en Boccadesse, Génova, en 1792; fue hijo de Girolamo Picaluga y de una mujer dedicada a la prostitución en Génova. Se suicidó en Mazatlán, Sinaloa, en 1859.

Se hizo célebre, por la acción vergonzante de haber aprehendido con engaños al general Vicente Guerrero –a quien llamaba “mi gran amigo”–, en su barco anclado en la bahía de Acapulco. Lo entregó después a fuerzas militares gubernamentales enemigas de Guerrero en Huatulco –en aquel entonces, pequeño pueblo costero de Oaxaca– a cambio de 3000 onzas de oro, equivalentes a $50 000.00 (de aquellos pesos), suma que incluía el costo del barco denominado El Colombo, en el cual Picaluga trasladó a don Vicente a la población oaxaqueña mencionada. La nave fue abandonada por este marino y sus hombres más cercanos en Huatulco, después de que el prisionero fue puesto en manos del capitán Miguel González, hombre de todas las confianzas de Facio, el Ministro de Guerra del Gobierno en funciones, quien lo había sobornado para cumplir esa delicada misión. Picaluga, después de cumplir su compromiso, continuó con la comitiva hasta la ciudad de Oaxaca, en donde recibió su pago en privado y sin consentir jamás en firmar algún recibo o comprobante alguno; ello provocó que el dinero lo recibiera en la casa del gobernador del Centro, Manuel María Fagoaga, ante Miguel González, únicos testigos de este acto.

Picaluga llegó al puerto de Acapulco en 1830, como capitán del barco El Colombo, en donde entró en tratos con don Vicente Guerrero –presidente depuesto– para trasladarle pertrechos y distintos recursos materiales desde otros puertos del Pacífico, lo cual no podía impedir el gobierno usurpador de Anastasio Bustamante, por carecer de Marina. Estas relaciones comerciales propiciaron la confianza de don Vicente en el marino italiano, y provocó que Guerrero aceptara sin rodeos –el 31 de enero de 1831– una invitación de Picaluga a comer en su barco. Catorce días después, don Vicente Guerrero Saldaña fue fusilado en el convento de Santo Domingo de la localidad de Cuilapan, Oaxaca, tras un rápido juicio sumario, totalmente amañado.

En su viaje a la Ciudad de México para recibir instrucciones directas de Facio, Picaluga, al pasar por Chilpancingo, se entrevistó en forma privada, tanto a la ida como al regreso, con el jefe del Ejército del Sur, Nicolás Bravo. Este hecho sugiere la posibilidad de que Bravo haya estado involucrado en el proyecto de captura y muerte de Vicente Guerrero. Tal hipótesis ha sido motivo de fuertes discusiones y acaloradas polémicas; sin embargo, la interpretación es comprensible, pues desde sus orígenes ambos personajes eran muy distintos: don Nicolás era un hombre ilustrado, hijo de ricos hacendados; Guerrero, en cambio, era un individuo con escasa educación, hijo de campesinos. En las luchas políticas posteriores a la consumación de la Independencia, Bravo encabezó a los Escoceses, grupo masónico conservador, y don Vicente hizo lo propio con el grupo Yorkino, de ideología francamente liberal; por lo anterior, Bravo no coincidió con los ideales de Guerrero, nunca se llevó bien con él, y estaba enemistado fuertemente con don Vicente; incluso, hubo enfrentamientos armados directos entre ellos; se habla de que no sólo Bravo odiaba a Guerrero, por la derrota que éste le infringió en Tulancingo, tomándolo prisionero –afrenta que Bravo jamás le perdonó, a pesar de que pudo haberlo fusilado–, sino que toda la familia de don Nicolás aborrecía a Guerrero en forma notable.

Por otro lado, cuando sucedieron los hechos de la traición, captura y muerte de don Vicente, Bravo servía al gobierno usurpador de Bustamante como jefe de la plaza militar en Chilpancingo; en ese lugar le dio a Picaluga un salvoconducto para facilitarle que llegara a la Ciudad de México, pues el italiano venía de una zona dominada por los insurrectos que protestaban por la destitución de Vicente Guerrero como presidente de la República.

De hecho, la traición del marinero Picaluga y el posterior asesinato de Guerrero fue un verdadero complot de Estado, maquinado en los máximos círculos del poder representados por el presidente ilegítimo Anastasio Bustamante, su ministro de Guerra José Antonio Facio, y Lucas Alamán –siniestro, calculador e inteligentísimo personaje ultraconservador del México de aquella época, enemigo jurado de la independencia americana y del sistema político republicano, y quien llevaba en realidad las riendas del gobierno, pues a pesar de ser “sólo” el ministro de Relaciones Exteriores de Bustamante, era en verdad el “poder atrás del trono”–.

La mayoría del público en general –quizás porque los textos escolares oficiales magnifican la traición del marino genovés y empequeñecen el complot de Estado– ignora u olvida que, ciertamente, el asesinato de don Vicente Guerrero fue una verdadera confabulación gubernamental, en la cual Picaluga fue un instrumento de ese complot, para quitarse de encima a un personaje que, sin desear realmente el poder, continuaba siendo legalmente el presidente de México, y quien tenía, además, una popularidad, un poder de convocatoria y una capacidad como guerrillero que causaban una gran preocupación al gobierno usurpador.

Luego de que cobró en la ciudad de Oaxaca la cantidad convenida por la entrega del prisionero, a Picaluga se le perdió el rastro. Don Enrique de Olavarría y Ferrari, en el 4º tomo de México a través de los siglos, expresa no haber tenido más noticias de Picaluga, ni encontrado documento alguno que diera luz sobre su paradero después de haber consumado su incalificable acto. Sin embargo, a través del tiempo, se forjaron algunas versiones sobre su destino:

  • Que volvió a Génova en 1832, en donde lo apresaron y compareció ante el Real Consejo del Almirantazgo; en ese juicio se le condenó a muerte y a indemnizar económicamente a los herederos del general Vicente Guerrero, pero escapó de la prisión y, al parecer, vivió sus últimos años en la ciudad turca de Esmirna.
  • Que Francisco Picaluga nunca volvió a Génova, pero el Real Consejo del Almirantazgo, sumamente indignado por los hechos que le fueron dados a conocer, juzgó a Francisco Picaluga en ausencia, y en esas condiciones emitió el veredicto conocido, el cual fue acreditado en nuestro país y en muchos otros; sin embargo, el sentenciado –perdido en el mundo para la justicia– jamás purgó ninguna pena, ni reparó algún daño.
  • En la obra de José María Bocanegra titulada Memorias para la Historia de México Independiente (1862) se lee: “el reo condenado a muerte por el Almirantazgo de Génova, se hallaba en Siria”, y se decía que era reclamado por el gobierno genovés.
  • Don Manuel Payno, en su obra Episodios históricos de la Guerra de Independencia, decía al respecto lo siguiente: “La existencia de Picaluga es, en efecto, un misterio. Unos dicen que se le ha visto, años después, en las calles de la Ciudad de México; otros, que se hizo mahometano y vive en un serrallo de Turquía; algunos más, aseguran que varios mexicanos lo han visto en un convento de Tierra Santa, con una larga barba y un tosco sayal, haciendo una vida de penitencia para expiar en esta tierra el horrendo crimen que cometió”.
  • Que se fue a radicar al Puerto de Mazatlán, en donde terminó su vida suicidándose.

En 1969, al general e ingeniero Amado Aguirre, diputado constituyente por Jalisco –fallecido en 1951–, le fueron publicados los resultados de una investigación realizada por él a través de muchos años, respecto al destino de Francisco Picaluga; esta indagación concluyó que la última versión era la verídica. De acuerdo con el artículo de Aguirre, publicado por el PRI en el libro Antología literaria. Recopilación de discursos, artículos y poemas de la Asociación de Diputados Constituyentes, Picaluga nunca salió de nuestro país.

La larga y exhaustiva investigación hecha por el ingeniero Aguirre, basada en diversos testimonios verbales y escritos, que pueden verse en el libro mencionado, se resume de la siguiente manera:

En 1832, llegó Picaluga al puerto de San Blas, Nayarit, haciéndose llamar Juan Pazador. En ese lugar, después de algún tiempo, se casó con doña Cruz Flores, nativa de Tepic y cuñada de un rico comerciante español llamado Ramón Pauquino; ya casado, y con su nueva identidad, Picaluga se fue con su esposa a radicar al puerto de Mazatlán, invirtiendo su capital en negocios marítimos y de comercio que no le dieron buenos resultados; el acabose fue el envío a Inglaterra de una gran remesa de palo de Brasil remitida por Pazador en tres buques, consignada a una casa importadora del puerto de Liverpool, barcos –que como era natural en esa época– tuvieron que hacer la travesía por el Estrecho de Magallanes, lo que hacía muy prolongado el viaje. Durante el traslado, el producto vendido sufrió una baja notable en su cotización, situación que no estaba prevista en el contrato y esto le causó al italiano la ruina; además, tenía gusto por los juegos de azar, hecho que colaboró en forma importante para que perdiera su fortuna y lo orillara a suicidarse en la recámara de su propia casa en 1859, ante la quiebra y las numerosas deudas que tenía que enfrentar. Fue sepultado en el panteón número uno del puerto, clausurado entre 1870 y 1871, fecha en la cual se inauguró el panteón número dos de la ciudad. Al parecer, Pazador y su esposa no tuvieron hijos propios, pero adoptaron dos o tres hijas que terminaron en forma muy modesta su vida.

Entre los documentos de interés encontrados en el proceso de investigación, se tienen los datos de la partida de defunción fechada el 30 de marzo de 1859, encontrada en el archivo parroquial del lugar correspondiente, manuscrito que le da al difunto Pazador condición de italiano, y certifica como causa de su muerte una herida de bala. Se observan también en el texto de Aguirre testimonios valiosos de personas que habían conocido antes a Picaluga, y que cuando lo volvieron a ver en Mazatlán años después lo identificaron como Pazador y como el “Judas de Acapulco” que había entregado a Guerrero a sus enemigos por dinero.

Asimismo, radicaba en Mazatlán un paisano de Picaluga de apellido Bianchi, que al viajar a su tierra –ya muerto Picaluga– fue abordado por dos hijas de éste, que obviamente sabían su paradero, pues le pidieron que investigara qué bienes materiales había dejado su padre, para intentar recuperarlos. Son muchas, pues, las evidencias expuestas en el texto de Aguirre que demuestran que Picaluga vivió y murió en el puerto de Mazatlán, con el nombre de Juan Pazador, hecho que ya había trascendido, pero sin pruebas o testimonios de certeza, que evitaran dudas al respecto.

 (FLE)