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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Borda Sánchez, José de la

Minero. Nació en la provincia de Jaca, España, el 2 de enero de 1699; murió en la Villa de Cuernavaca el 30 de mayo de 1778. Fue hijo de Pedro de la Borda, de origen francés, y de Magdalena Sánchez, posiblemente aragonesa.

Antes del estudio que hiciera Manuel Toussaint, Don José de la Borda restituido a España (Pedro Robredo, 1933), donde presentó contundentes documentos para ubicar el lugar de nacimiento, existía cierta confusión que el propio Borda nunca se molestó en aclarar, y, tal vez, hasta fomentó, pues junto al óleo que se conserva en la sala capitular de la iglesia de Santa Prisca aparece la leyenda: “Verdadero retrato de don José de la Borda, natural de los Reynos de Francia.”

También el barón Alejandro von Humboldt, en Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España (Porrúa, 1966), escrito a principios del Siglo XIX, lo menciona como “el minero francés Laborde”.

Estudios más recientes, de Elisa Vargas Lugo, en la segunda edición de La iglesia de Santa Prisca de Taxco (UNAM, 1982), especifican que la familia De la Borda tuvo relación con la ciudad francesa de Oloron y algunos de sus miembros se casaron con españolas de Jaca, por lo que los Laborde, o De la Borda, eran franco–españoles.

Don José llegó a Taxco en 1716, a los 17 años, para trabajar con su hermano Francisco, dueño de una mina en Tehuilotepec, quien al morir lo heredó totalmente; se le describe como un joven de mirada tímida y delicado cutis, de humildes maneras, rubios cabellos y ojos azules.

Contrajo matrimonio el 3 de septiembre de 1720, a los 21 años, con Teresa Verdugo Aragonés, cuñada de su hermano e hija de una de las familias prominentes del lugar.

La unión procreó dos hijos: Ana María y Manuel José Antonio Vicente. Siete años después, en abril de 1727, doña Teresa falleció.

Ya viudo, se le conoció una hija natural, llamada Agustina Paz de la Borda, aunque también existe la versión de que fue adoptada.

La joven Ana María tomó el hábito de monja en el Real Convento de Jesús María de la Ciudad de México, donde murió antes que su progenitor; Manuel José Antonio Vicente también optó por el sacerdocio y fue el primer párroco de Santa Prisca.

Se cree que la fuerte religiosidad de José de la Borda presionó a los hijos para que se dedicaran a la vida mística (tal vez sin verdadera vocación). Manuel José gustaba de las cosas materiales, de fiestas, y sostuvo relaciones amorosas estables procreando tres hijos: Manuela, José Manuel y Manuel José, a quienes legitimó después del fallecimiento del rico minero.

Con los años, De la Borda se caracterizó por tener carácter reservado, hosco, obstinado, llevar vida austera, muy apegado a la iglesia, y enemigo de las diversiones frívolas; no obstante, se prodigaba con los pobres, que siempre encontraron en él apoyo a sus necesidades, y en ellos gastó gran parte de su fortuna.

Se le recuerda por la edificación de una de las más grandes obras del barroco dieciochesco, de valor artístico extraordinario: la parroquia de Santa Prisca, además de mandar construir una cañería para introducir agua a Taxco, colocar tanques y fuentes públicas, proveer de maíz y cereales en tiempos de escasez, levantar el camino de Acuitlapán y el puente del río que divide a Pilcaya, Malinaltenango y Coatepec, regalar teja roja y dar préstamos a los desamparados.

Extendió su beneficencia a diferentes lugares que visitó o en los que radicó temporalmente, como Zacualpan, Ciudad de México, Cuernavaca, Zacatecas y Tlalpujahua.

En Cuernavaca aún existe la casa llamada Jardín Borda, donde pagó un maestro de gramática para estudiantes pobres, y estableció una botica con medicinas gratuitas para los indigentes.

En 1751 tuvo la visión de construir, sin escatimar gastos ni esfuerzos, una obra única y grandiosa que acrecentaría su prestigio, pero que además, premeditada o no, lo inmortalizó; el móvil fue agradecer a Dios todos los beneficios “milagrosamente” otorgados a su persona: comenzó por demoler la antigua parroquia para edificar la joya del barroco novohispano: Santa Prisca.

La iglesia se terminó en 1758 y el arzobispo de Manila, don Manuel Antonio Rojo del Río Lubián y Vieyra, la bendijo el 15 de marzo de 1759, en comisión conferida por el arzobispo de México, don Manuel Rubio y Salinas.

En 1764 José de la Borda atravesó por una crisis económica al agotarse la mina que explotaba; solicitó préstamos a la misma parroquia que, sorprendentemente, le fueron negados, por lo que recurrió a la venta de la custodia sobre la que, en forma previsora, mantenía los derechos de posesión; la joya era de oro puro, de casi dos varas de alto, adornada con diamantes rosas, brillantes de distintas clases, esmeraldas, rubíes, zafiros, amatistas y jacintos, incrustados entre cientos de turquesas. Fue adquirida por la Catedral Metropolitana.

Los lugareños, incomodados, realizaron una colecta para rescatarla, pero su reacción fue tardía y no se logró el objetivo.

En 1861 la presea fue robada de su santuario; tiempo después, la compró la señora Cándida Añorga de Barrón, que la regaló a la Iglesia de Notre Dame de París, donde también se perdió y, a la fecha, se desconoce su paradero.

De la Borda invirtió el producto de su operación para comprar y trabajar la mina de La Quebradilla, en Zacatecas, que resultó infructuosa al principio pero finalmente lo llenó de riquezas al encontrar el llamado Pozo de la Esperanza. Para ese entonces contaba con 73 años de edad.

La forma casi providencialista con que se topó, por dos ocasiones, con la fortuna, y por la manera de invertirla en obras pías y de ayuda a los necesitados, originó la popularidad de la frase “Dios a darle a Borda y Borda a darle a Dios”; él mismo afirmó, en varias ocasiones: “Dios me ha de dar porque sabe que no lo quiero para mí, sino para su Majestad y sus pobres”.

Seis años más tarde, quien demostró una invencible capacidad de trabajo, de prodigiosa buena suerte y de increíble religiosidad, falleció en la ciudad de Cuernavaca, donde se había retirado por juzgar que el clima le sería propicio a su quebrantada salud.

Los taxqueños gestionaron el traslado del cuerpo para darle cristiana sepultura en el lugar que tanto benefició, pero como no fue posible, una comisión viajó para acompañarlo en las exequias; los lugareños, en tanto, procedieron a preparar un gran túmulo funerario en el que representaron, con motivos simbólicos, la vida de tan esclarecido hombre.

La oración fúnebre la pronunció el sacerdote don José Antonio Ximénez y Frías, en una apología del célebre personaje, llamándolo “el Fénix de los Mineros”.

Dejó como heredero a su hijo, el presbítero Manuel José Antonio Vicente de la Borda.

(HCB)