Jueves  21 de noviembre de 2019.

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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Díaz Mori, Porfirio, en Chilpancingo

Un mercado nacional creciente y nuevas estructuras comerciales para los intercambios motivaron al régimen porfirista a la expansión de su política de comunicaciones.

A partir de 1880 la red ferroviaria se incrementa notablemente. Unir a Veracruz con la capital del país y a éste con Acapulco fue el afán principal, pues tal era aún el eje de la vida política y económica desde la Colonia.

Una vía inconclusa, de 103 km dentro de la entidad guerrerense, se inaugura el 11 de julio de 1899, con terminal temporal en Balsas.

En 1906 dan inicio los trabajos de la carretera que uniría a Iguala con Chilpancingo, mismos que se activaron porque el presidente Díaz quiso inaugurarla como uno de los festejos preliminares del Centenario de la Independencia.

Se vaciaron las cárceles de todos los pueblos y se impuso una contribución en determinado número de brazos a cada municipio para aumentar el censo de trabajadores, pero ni aún así fue posible terminar como era debido el camino para el día señalado. Los piratas, que abundan en los asuntos de la vida mexicana, habían hecho de las suyas en la carretera y el dinero, que no sólo hubiera bastado para la construcción total de ella, sólo alcanzó para una mala brecha.

Se dinamitó y terraplenó con prisa. Las alcantarillas fueron cubiertas con ramas y tierra que las primeras crecientes destruyeron. Se hicieron desviaciones donde no pudieron construirse puentes y por fin en la fecha fijada quedó lista como el vestido de una mala costurera: toda prendida con alfileres.

Con muchos días de anticipación los habitantes de Chilpancingo se proveyeron de ropa y calzado. Las mujeres, aún las más humildes, quisieron estrenar vestidos para el gran día de la inauguración. Se agotaron las existencias de telas, encajes, listones. Las casas de huéspedes y hoteles mandaron pintar sus fachadas y poner moblaje nuevo a los cuartos, en vista de la afluencia de visitantes. Por todas partes había una vida febril, precipitada, inquieta.

En los distintos puntos de la carretera se levantaron arcos triunfales para recibir al caudillo. Adornados con flores y ramas, forrados con manta pintada a colores: unos tenían la forma de fortalezas y castillos; otros simulaban el parnaso con las nueve musas; algunos semejaban barcos y montañas, o remedaban selvas y praderas. De la sierra trajeron el follaje y las flores. Cuanto pintor hubo a mano quedó ocupado en la tarea de crear genios, hadas y semidioses.

Se arreglaron convenientemente los jardines públicos. La Banda de Música del estado estrenó uniforme y se puso a ensayar con gran tesón el programa de las audiciones. Miles de vocecitas infantiles (los niños de las escuelas), de la mañana a la noche, ensayaban el Himno Nacional para cantarlo al paso del dictador. Las alumnas de la Escuela Normal pasaban los días recitando a coro una poesía alusiva y la Junta Patriótica sesionó varias veces para acordar el programa de festejos.

Las casas de las familias principales fueron preparadas con esmero: se trataba de recibir a los huéspedes distinguidos. El suelo era barrido escrupulosamente cada día a fin de que al llegar el ilustre visitante las calles estuvieran limpias. Se engordaron pollos con maíz seleccionado para que perdiera el sabor acre de las aves mal cuidadas y al presentarlas asadas, doraditas, entre un follaje de lechuga recortada, derritieran una grasa suave y olorosa.

Faltando unos días para el tan sonado acontecimiento arribó la Banda Municipal de Chilapa, cuyo fuerte era ejecutar un popurrí de Norma. La banda de “chile frito”, una congregación musical de indígenas que diariamente recorría las calles entre la rechifla de los muchachos y el pavor de la gente seria, atronaba el ambiente cargado de nerviosidad con sus sonoros tamborazos. De otro pueblo, bastante lejano, llegó una orquesta de bandolón y arpa que ejecutaba melodías lentas y lloronas.

Por fin amaneció el tan deseado día. Antes del alba –todavía estaba muy oscuro– brillaban las estrellas y Venus titilaba suavemente; las campanas de la parroquia –hoy catedral– fueron echadas al vuelo, imitándolas las de otras capillitas. Los estallidos de los cohetes y las dianas de las bandas militares anunciaron a los vecinos que ya no era hora de dormir porque se acercaba el héroe del 2 de abril de 1867 (sitio y toma de Puebla). La noche anterior había dormido en Iguala y se fijaron las 10:00 de la mañana para su arribo a Chilpancingo.

Con una semana de anticipación llegaron varios batallones de infantería y caballería, desquitaban su ocio tocando diana a toda hora. Las muchachas, perdido el seso por tanto acontecimiento, espiaban discretamente el paso de los arrogantes oficiales. Más de un noviazgo tuvo su principio en aquella ocasión.

Las casas habían sido adornadas con banderas, flores, cortinas de encaje y jaulas con pájaros. Los pabellones nacionales ondeaban el asta de los edificios públicos. Las calles se barrían, se regaban. Nadie estaba de mal humor. Se había abierto un paréntesis entre la vida rutinaria de ayer y la existencia febril del momento. La gente se colocaba a lo largo de la calle y salía a los balcones por donde entraría don Porfirio. Los niños pasaban apresurados a reunirse a sus grupos, vestidos de blanco y con zapatos lustrosos.

Los empleados de gobierno lucían de negro y corbata blanca, desde temprana hora se reunieron en el zócalo y oportunamente desfilaron llevando al frente el estandarte de la Junta Patriótica que empuñaba muy serio y emocionado su presidente, vestido de levita cruzada y sombrero alto.

Se levantó un tablado en un extremo de la alameda, frente al inicio de la calzada, donde el gobernador aguardaría el arribo del presidente. Las alumnas de la Escuela Normal, con bandas tricolores terciadas en el pecho y ramos de flores en las manos, estaban formadas a un lado a fin de tomar parte en el programa. Los niños de las escuelas esperaban a pie firme, pues entonarían el himno patrio en el momento en que el presidente municipal entregara las llaves de la ciudad. Las bandas de música y los soldados, con uniformes de gala, formaban valla, y a duras penas podían contener a la multitud.

Cuando nadie lo esperaba, sonó el clarín paralizando los latidos del corazón. Centellearon las espadas y las bayonetas, los tambores atronaron el ambiente de aquella luminosa mañana.

El gobernador bajó del estrado a recibir al presidente Díaz, fueron entregadas las llaves de la ciudad. Las alumnas de la Escuela Normal dijeron, en coro, su poesía. Se desarrolló el programa oficial y el 10 de abril de 1910 fue inaugurada la carretera Iguala–Chilpancingo. El Presidente, acompañado de los dos funcionarios, subió de nuevo a su coche y lentamente reanudó la marcha por entre la valla de soldados que presentaban armas y la multitud arrojaba flores, serpentinas y confeti.

El presidente Díaz era ya un anciano de pelo blanco, bigote caído, ojos papujados, perfil duro. Daba la impresión de fuerza, pero fuerza que declina, que se sostiene en pie por una voluntad indomable. Se dirigía a casa del gobernador para tomar descanso. Ya reunidos, la muchedumbre, entusiasta, lanzaba vivas, y el Presidente tuvo que salir al balcón para agradecerlas. Parecía emocionado. Habló con pausas, recordó sus campañas en el sur, cuando las montañas, que hoy volvía a ver, le brindaban seguro refugio contra los conservadores e imperialistas. La multitud se estremecía exaltada; el gobernador no cabía en sí de alegría.

El restaurante Sylvain envió desde México a uno de sus chefs más experimentados para preparar el banquete que Chilpancingo ofreció al general Díaz. Los alimentos y artículos de loza llegaron en máquina especial de ferrocarril hasta Iguala y de allí a bordo de automóviles. La acción destructora del calor se hacía sentir fuertemente: echó a perder los platillos especiales y el hielo se derritió.

La víspera del banquete el pobre chef se tiraba de los cabellos sin saber qué hacer. Se lamentaba en francés.

Un vecino proporcionó carne de venado, porque tenía cría de ellos, y consiguió liebres, con el apoyo de vecinos cazadores.

Pasado de un mes todavía se hablaba de aquel banquete en que después de la piña helada se sirvieron pastelillos de perdices y conejo; canapés de caviar, aceitunas rellenas y mil golosinas por el estilo, y cuando todos creían que había terminado la comida, seguían desfilando los asados y ensaladas y se descorchaba el champaña.

Por la noche hubo verbena popular: puestos de aguas frescas, loterías y fondas al aire libre. Las músicas rivalizaban entre sí tocando incansablemente. De Tixtla vinieron los expertos en pirotecnia y organizaron, en un solar vecino al zócalo, una batalla naval.

Media docena de barcos empavesados con los colores nacionales y otra media docena con colores imaginarios se embestían bajo la noche estrellada. Sonaban los cañonazos; los cohetes de colores deslumbraban al reventar en el cielo. Todo era alegría. El Palacio de Gobierno, la parroquia, la oficina de correos y telégrafos, el palacio penal, todos los edificios públicos habían sido iluminados con millares de cazoletas llenas de sebo y con una mecha. Ardieron durante la noche y se extinguieron a las primeras luces del día siguiente. En las esquinas encendieron grandes hachones de ocote que daban luz rojiza.

La comitiva estaba encantada con el clima, que fue calificado de ideal. Les llamó la atención que en un pueblo remoto como Chilpancingo hubiese una banda de música que conociera el Tannhäuser y ejecutara mejor que mediano la obertura de Guillermo Tell. El huésped distinguido gozaba al escucharla y pedía piezas una tras otra. En la cena elogió a nuestra congregación musical y escuchó complacido a la dama que tocó en el piano, y fue reverente con las damas que lo atendían.

El pequeño zócalo, con sus naranjos cargados de azahar, era inmenso ramillete luminoso. La sociedad del pueblo daba vueltas luciendo lo mejor del guardarropa. La gente en la calle comía cañas y cacahuates, silbaba canciones populares lanzando vivas al caudillo, quien, a las 10:00 en punto se retiró a su alojamiento. No por eso decayó la animación. La muchedumbre estaba feliz, no dejaba sentir el menor síntoma de sueño.

A la mañana siguiente pocos se dieron cuenta de que el Presidente había salido de regreso a la capital de la República desde muy temprano. La gente acudía en ropa de dormir a ventanas y balcones al escuchar el sonido de los tambores y cornetas de la tropa que desfilaba para tomar el camino de regreso. Pronto los fuereños ensillaron sus cabalgaduras y en un santiamén la ciudad volvió a tomar su acostumbrada fisonomía y tranquilidad.

Para muchos viajeros la nueva senda resultaba extraordinaria: “El Gobierno mexicano ha unido a Chilpancingo, la capital de Guerrero... con Iguala por un bello sendero, uno de los más espectaculares del país... Este, de Chilpancingo, es probablemente el único, desde el punto de vista de su extensión y la dificultad de la construcción”; “El atajo que nosotros encontramos ya casi concluido es labor titánica que bastaría para dejar escrito en caracteres indelebles en la historia del estado, el nombre del gobernador que lo ideó y lo mandó realizar... Ese camino... que se prolongará hasta el Puerto de Acapulco es una maravilla: no vimos ningún otro así en los demás estados de la República”; “El actual señor gobernador, don Damián Flores, además del empeño que ha tomado por la instrucción, hará que su memoria se bendiga por haber realizado la notable mejora del uso del automóvil... Continúa su gloriosa empresa para llevarla al Puerto de Acapulco; hasta la fecha ya llega a Palo Blanco, a 32 km de Chilpancingo”.               

(MLOH/JGCL)